Cafe Scene in Paris, 1877. Henri Gervex
Me
pregunto como es que siendo tan joven me apeteciera leer "El
Criterio" de Jaime Balmes. Tenía poco más de dieciséis años
y durante una temporada me dediqué a leer "El Criterio".
Entonces comía poco, era en el comedor de la empresa, y durante unos meses, cada día, después del
almuerzo, me apliqué en la lectura de aquel libro del presbítero de
Vic.
"El
pensar bien consiste, ó en conocer la verdad, ó en dirigir el
entendimiento por el camino que conduce á ella. La verdad es la
realidad de las cosas. Cuando las conocemos como son en sí,
alcanzamos la verdad; de otra suerte, caemos en error."
Así
comenzaba el libro. Ciertamente estas sentencias atrapaban mi
atención en momentos de digestiones escasas. Entonces yo era un
desganado y aquel libro no lograba despertar mi apetito, aunque sí
mi interés por las palabras de aquel hombre tan sabio.
Jaime
Balmes (1810-1848) me parecía un hombre moderado, aunque yo, en mí
adolescencia, tampoco es que persiguiera ninguna moderación, pero
seguía leyendo. Veía en el libro la expresión de un filósofo que
buscaba la conciliación.
Para
Balmes, la delactatio
terrena (delicia
terrenal) era la monarquía burguesa. Él era de Vic (antes Vich), territorio
carlista. Aborrecía cualquier forma de reacción o de revolución,
era un conservador que desconfiaba del sentido común de los
catalanes, quiero decir que ponía en cuarentena el seny
català y esta
era su postura de entonces. Yo creo que si viera el panorama actual y
las barrabasadas de los responsables políticos de ahora, el
presbítero Jaime Balmes, a pesar de su tonsura, se tiraría de los
pelos.
Yo,
sin embargo, continuaba con "El Criterio" cuya
lectura no remediaba mi inapetencia. A veces parecía que Balmes
quería perdonarme la vida de adolescente. Aquel libro tenía una
carga moralizante que el autor enmascaraba con sombras cartesianas.
Las
lecturas de la adolescencia suelen dejar huellas,
no creo que Balmes dejara ninguna huella en mí, solamente dejó
el recuerdo de mi falta
de apetito.