Ilustración, Martín Tognola. Imagen tomada de La Vanguardia.
En diversas ocasiones me he aventurado en decir que nos espera un futuro de setecientos años de miseria creativa.
Lanzaba este augurio refiriéndome a la creación artística ‒pesimista augurio‒ lo lanzaba porque veo pobreza creativa en las obras y en las propuestas artísticas actuales y, además, a la vista del panorama social, económico y político, albergo muy poca esperanza en el porvenir de la creación artística; no en balde, el arte es el signo y la expresión de los tiempos.
Mi augurio nace de una expectativa funesta ante la oscuridad de un mundo global donde las guerras se suceden. Terribles conflictos que nos recuerdan la barbarie de las grandes guerras del siglo XX, funesta expectativa ante la ostentación de un Occidente tan rico en deudas como en acomodo y despilfarro, esta es su riqueza. Un Occidente de insatisfacción donde el esfuerzo se ha sustituido por el ocio.
Un Occidente que creía haber tocado el cielo del confort y el bienestar y ahora ve como todo esto se viene abajo y asiste al espectáculo de una crisis de valores, pérdida de la calidad de la democracia y de la enseñanza, ineptitud y falta de visión de estado de los que mandan, auge de los extremismos ideológicos, crisis energética, inseguridad jurídica e inseguridad en las calles, terrorismos, insostenibilidad y consumo desmesurado, caída de la producción industrial y del sector primario, etc.
Este es el Occidente deseado por tantos miles y miles de hombres y mujeres que vienen de lejos porque quieren acceder al mundo de la ostentación, quieren labrarse un porvenir en esta oscuridad occidental, quieren salir adelante y quieren venir a trabajar. ¿A trabajar en qué?, si aquí apenas queda nada, casi toda la producción se ha deslocalizado, se ha trasladado al “Lejano Este”, donde los controles y las normativas son más laxas, los sueldos son irrisorios y las condiciones laborales son una desgracia que nos recuerda los tiempos de Dickens.
A los que llegan les queda la alternativa de emplearse en el sector turístico, en algún bareto de una ciudad donde abundan los balcones con pancartas que dicen: tourist go home.
Este Occidente, que había sido relativamente confortable y rico, se está convirtiendo en un erial de desesperanza. Hay una cierta similitud con los siglos oscuros de miseria que siguieron a la caída del Imperio Romano.
Pasar de pobre a rico es muy fácil, pero pasar de rico a pobre es muy difícil, produce mucho dolor y resulta que algunos ‒sobre todo los que mandan‒ no pueden soportar este dolor y estarían dispuestos a empuñar cualquier herramienta afilada o apretar algún botón nuclear para acabar con todo lo que se menea, con tal de permanecer sentados en sus poltronas.
Si el arte ha de expresar el signo de los tiempos, habremos de convenir que será un arte de miseria y desesperanza y que la cosa va para largo.
¿Setecientos años?
BigPinkHeart, el gran corazón rosa convertido en cojín.
Nota:
Con una notable dosis de petulancia, me he atrevido a escribir este texto en mi blog, lo que he escrito más bien parece una charla de taberna y que quizás debería haberlo escrito un sociólogo y no un arquitecto sencillo como yo, que, en el mejor de los casos, podría calcular una cercha o distribuir el espacio interior de un edificio de oficinas medio vacío que albergara a los empleados que apenas van a las oficinas ya que tele-trabajan desde sus casas.
Menuda osadía la mía, ¡uf, meterme en estos berenjenales!




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