No sin tensiones, el modernisme cedía y daba paso al noucentisme.
Atrás quedaban las molduras evanescentes del modernisme y el arrebato del romanticismo tardío. Atrás quedaban los interiores oscuros y atrás quedaba la ostentación de una burguesía que se encandilaba su particular épica imaginada de dragones y princesas medievales.
Los dragones se enrabietaban y el noucentisme se iluminaba con los reflejos mediterráneos.
El arco carpanel se abría paso entre el neogótico y el trencadís, sin embargo, en el arranque del arco, en los salmeres del arco carpanel, los dragones mostraban sus fauces amenazadoras.
El arco carpanel invita al sosiego pero parece que los dragones se oponen. Es un arco complaciente y cordial, bajo sus dovelas se conversa con amabilidad, se transmiten chismes, pactos y acuerdos comerciales.
Es un arco que podemos encontrarlo en portalones de algunos edificios cuyos propietarios son arrogantes. No gusta a los marineros ni a las señoras infelices.
Algunos arquitectos noucentistas, seducidos por los tres centros del arco carpanel, diseñaron vanos desproporcionados, pero esto es otra cosa, más bien diríamos que es una cuestión de chulería y vanagloria.
El carpanel admite muy bien una sección semicircular de su intradós, esto lo podemos ver en muchos patios baleáricos y en algunos claustros del gótico isabelino, pero este tipo de intradós no lo he visto en Barcelona.
Desde el punto de vista estructural el arco carpanel tiene una estática delicada. He pensado que los dragones de los salmeres enseñan su dentadura porque se quejan de las tensiones mecánicas que su osamenta tiene que soportar.
Soportar tensiones sobre el espinazo es algo que produce un rechazo cerval.














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