Gaudí dibujado. Acuarela realizada por su ayudante Ricard Opisso
Muchos
han dicho que la Sagrada Familia es como una mona de Pascua y también
se ha dicho de otros edificios del modernisme.
Demasiado
pastel. Ya me gustaría que fueran así, unas monas de Pascua de
verdad y así nos las podríamos comer. Me imagino la exquisita
degustación de un arco neogótico de Rubió i Bellver, o una
catenaria de chocolate de Gaudí, un capitel chulesco de Domenech i
Montaner, etc. Se me hace la boca agua, lo malo es que todo esto no
es de ni de bizcocho ni de chocolate sino de cerámica o piedras
envanecidas.
La
crítica a la curva y contra-curva del modernisme ha
paseado por muchos caminos: cuestiones formales, económicas,
estructurales, estilísticas, ostentación de una determinada
riqueza, políticas identitarias, supremacismo social, etc. Críticas
dirigidas a edificios representativos o religiosos.
Me
parece que fue Oriol Bohigas quien dijo que la Sagrada Familia de
Gaudí era como una barraca: que carecía de licencia de obras y se
levantaba sin un proyecto previo.
Comparto
las palabras de mi admirado profesor Bohigas. La Sagrada Familia se
levantaba sin que Gaudí hubiera hecho un proyecto de ejecución
previo. La licencia de obras vino después, cuando ya habían pasado
137 años desde el comienzo de la obra. Entonces, después de ¡137
años!, se consiguió el perceptivo permiso de obras.
El
extraordinario arquitecto, lo tenía todo en la cabeza y los planos y
dibujos que hacía eran meras instrucciones que daba a los
constructores y artesanos que ponían todo su conocimiento al
servicio de las ideas del genial arquitecto.
¡No
existía un proyecto previo! Esta es una de las genialidades de
Gaudí. Él vivía en la obra, lo suyo era una sucesión de
inteligentísimos actos arquitectónicos.
Concebía
el espacio y la composición arquitectónica como la expresión de un
orden natural, las formas obedecían a creencias
extra-arquitectónicas que Gaudí tenía en la cabeza, eran
simbologías, oraciones petrificadas y todo como un panteísmo de
piedra eterna.
En
lo estructural, Antoni Gaudí, era un fundamentalista. Lo fiaba casi
todo a los esfuerzos de compresión. En cuanto a la estructura
evitaba que se produjeran esfuerzos de tracción y de flexión y
según esta estática fundamentalista disponía los materiales y los
elementos constructivos.
En
este sentido, Gaudí estaba al lado de las arquitecturas
pre-renacentistas, cuando tampoco se realizaban proyectos globales
previos a la construcción.
Me
atrevería a decir que antes de Brunelleschi lo que se hacía eran
actos arquitectónicos, con Brunelleschi y después de él, el
proyecto previo ya fue algo común. En la Sagrada Familia y en otras
obras de Gaudí, este magnífico arquitecto de Reus actuó a la manera antigua: sin proyecto previo.
Bien,
pues, murió Gaudí en 1926 y con él murió la arquitectura que
tenía en su cabeza. ¿Qué vino después?, pues vino el
desconocimiento de cómo había de proseguir la obra de la Sagrada
Familia.
Una
multiplicidad de intereses económicos exigían la continuidad de las
obras y entonces se recurrió a la suposición de unas formas
gaudinianas, -puras invenciones formales.
Algunos
decían que Gaudí tenía pensado esto o aquello, que Gaudí dejó
unos determinados dibujos, que muchos de sus bocetos desaparecieron
con la Guerra Civil, etc.
Algunos
técnicos, valientes arquitectos y escultores decidieron coger el
toro por los cuernos, quiero decir coger el paraboloide por sus
extremos y, manos a la obra, se pusieron a realizar ejercicios de
geometría descriptiva: intersecciones de poliedros irregulares con
cuerpos redondos, intersecciones de superficies alabeadas con
cilindros, conoides, pirámides, conos oblicuos, hiperboloides, etc.
y así con todos estos cuerpos a veces de piedra y a veces de
hormigón armado va creciendo un templo expiatorio que tiene muchos
pecados que expiar.