-el silenci mai no replica- Jordi Pagès
Cortesia de Tinta Invisible edicions.
Imagen tomada de la web Arteinformado
Hay
una poesía enardecida que siempre me acompaña, es como el rayo que
no cesa. Ahí está nutriendo el arte de la vida.
El
arte o el oficio.
¡Cuánto
me acompaña Pavese! Que me dice que verrà la morte e avrà
i tuoi occhi.
El
rayo que no cesa del perito en lunas que escribía nanas pobres y amargas.
Poemas
de los ocho vientos del mundo, poemas de la sal exaltada, de la vaca ciega, poemas que nos dicen cuán duro es guardar la fusta al moll, poemas del
pino tan viejo como el olivo y tan verde como el naranjo...
Beatrice
que cruza el puente viejo
y, en Avignon otro
puente, el que cruzaba Laure
de Novesque con el
paso lento de un Viernes Santo, el paso de los sonetos.
Poetas tan sabios unos y malditos otros. Las
Correspondences -templos de símbolos confusos- y
l’Infinitto, canto y
jardín
de la mente.
Semillas
de Federico y el sueño que
flota como un velero.
-Sí, sí, Jaime, que la vida
va en serio. Muy en serio, que los cuentos son muchos y que gracias al
tiempo los vamos conociendo todos.
Poemas
de la alegría y los días que pasan y acompañan al caminante que hace camino al
andar. ¡Estelas en la mar!
Del
Wanderer que, entre las neblinas del bosque, escudriña los himnos
de la noche -Hymnen an die Nacht- Friedrich, Friedrich y Friedrich, los tres Friedrich, eremitas del drama y del culto
a la diosa de la razón contenida o atribulada,
poetas que querían
escuchar las voces que venían con el viento de gregal. Estos tudescos también
me acompañan como aquellos de antes: Horacio, Virgilio, Alceo de
Mitilene, Safo, Anacreonte, Alcmán (cuanto me gusta Alcmán de
Esparta) y el pilluelo de Teognis de Mégara, que ahí está
diciéndome que entre los locos me haga el loco, pero
que tenga cuidado y proteja mi faltriquera.
Cuánto me acompañan y cuánto
me han enseñado todos ellos, ya sé, ya sé que:
para quedar siempre bien,
basta con decirlo todo con una sonrisa irónica, de modo que así
creen los demás que los errores son involuntarios y las
trivialidades son sutilezas.
Y todo esto lo digo sin
creérmelo demasiado, soy un descreído, casi convencido de que:
para decir las cosas en serio
hay que estar tan seguro de lo que se dice que sólo los necios
pueden decir las cosas en serio, pues ellos son los que no saben nada
de nada.
Así que ninguna cosa la digo
demasiado en serio.