Muchos han dicho que la Sagrada Familia es como una mona de Pascua y también se ha dicho de otros edificios del modernisme.
Demasiado pastel. Ya me gustaría que fueran así, unas monas de Pascua de verdad y así nos las podríamos comer. Me imagino la exquisita degustación de un arco neogótico de Rubió i Bellver, o una catenaria de chocolate de Gaudí, un capitel chulesco de Domenech i Montaner, etc. Se me hace la boca agua, lo malo es que todo esto no es de ni de bizcocho ni de chocolate sino de cerámica o piedras envanecidas.
La crítica a la curva y contra-curva del modernisme ha paseado por muchos caminos: cuestiones formales, económicas, estructurales, estilísticas, ostentación de una determinada riqueza, políticas identitarias, supremacismo social, etc. Críticas dirigidas a edificios representativos o religiosos.
Me parece que fue Oriol Bohigas quien dijo que la Sagrada Familia de Gaudí era como una barraca: que carecía de licencia de obras y se levantaba sin un proyecto previo.
Comparto las palabras de mi admirado profesor Bohigas. La Sagrada Familia se levantaba sin que Gaudí hubiera hecho un proyecto de ejecución previo. La licencia de obras vino después, cuando ya habían pasado 137 años desde el comienzo de la obra. Entonces, después de ¡137 años!, se consiguió el perceptivo permiso de obras.
El extraordinario arquitecto, lo tenía todo en la cabeza y los planos y dibujos que hacía eran meras instrucciones que daba a los constructores y artesanos que ponían todo su conocimiento al servicio de las ideas del genial arquitecto.
¡No existía un proyecto previo! Esta es una de las genialidades de Gaudí. Él vivía en la obra, lo suyo era una sucesión de inteligentísimos actos arquitectónicos.
Concebía el espacio y la composición arquitectónica como la expresión de un orden natural, las formas obedecían a creencias extra-arquitectónicas que Gaudí tenía en la cabeza, eran simbologías, oraciones petrificadas y todo como un panteísmo de piedra eterna.
En lo estructural, Antoni Gaudí, era un fundamentalista. Lo fiaba casi todo a los esfuerzos de compresión. En cuanto a la estructura evitaba que se produjeran esfuerzos de tracción y de flexión y según esta estática fundamentalista disponía los materiales y los elementos constructivos.
En este sentido, Gaudí estaba al lado de las arquitecturas pre-renacentistas, cuando tampoco se realizaban proyectos globales previos a la construcción.
Me atrevería a decir que antes de Brunelleschi lo que se hacía eran actos arquitectónicos, con Brunelleschi y después de él, el proyecto previo ya fue algo común. En la Sagrada Familia y en otras obras de Gaudí, este magnífico arquitecto de Reus actuó a la manera antigua: sin proyecto previo.
Bien, pues, murió Gaudí en 1926 y con él murió la arquitectura que tenía en su cabeza. ¿Qué vino después?, pues vino el desconocimiento de cómo había de proseguir la obra de la Sagrada Familia.
Una multiplicidad de intereses económicos exigían la continuidad de las obras y entonces se recurrió a la suposición de unas formas gaudinianas, -puras invenciones formales.
Algunos decían que Gaudí tenía pensado esto o aquello, que Gaudí dejó unos determinados dibujos, que muchos de sus bocetos desaparecieron con la Guerra Civil, etc.
Algunos técnicos, valientes arquitectos y escultores decidieron coger el toro por los cuernos, quiero decir coger el paraboloide por sus extremos y, manos a la obra, se pusieron a realizar ejercicios de geometría descriptiva: intersecciones de poliedros irregulares con cuerpos redondos, intersecciones de superficies alabeadas con cilindros, conoides, pirámides, conos oblicuos, hiperboloides, etc. y así con todos estos cuerpos a veces de piedra y a veces de hormigón armado va creciendo un templo expiatorio que tiene muchos pecados que expiar.










