
Entre el engaño y el
adoctrinamiento, todo conducía a la ciudad distópica.
La indigencia cultural, los sistemas de represión educativa y los
nefastos planes de enseñanza, se desarrollaban en un ambiente
general de pamplinas y consentimientos.
Todo discurría entre el
suelo y la nube de los datos. Poco a poco, se iba reduciendo la
capacidad de pensar de los individuos que caminaban por las aceras
estropeadas. Eran años penosos.
Las calles,
las plazas, los centros de trabajo, los transportes, los estadios y
los mercados se fueron llenando de sujetos incapaces de resolver
cualquier problemilla, por pequeño que fuera. Nadie se atrevía a
sacar las castañas del fuego. Irresolutos que sólo confiaban en la
burocracia.
No controlaban
el espacio que tenían alrededor y chocaban unos con otros. La
torpeza espacial acompañaba sus pasos y se adueñó del caminar de la gente. El único paisaje conocido era el que aparecía en las pantallas.
Acostumbrados
a descansar sobre un lecho de algodón, cualquier problema se les venía encima, entonces
acontecían las depresiones y se agobiaban sin causa. El principio de
la realidad repartía tortas a diestro y siniestro y agredía las
almas y los cuerpos.
Y ya se
sabe, la función hace el órgano, así pues, sus cabezas se
redujeron, sus ombligos se agrandaron y se hacían cada vez más
prominentes, les crecían los dedos de tanto manipular las pantallas
de los telefonillos. Los cuerpos se transformaban. No había nada que
detuviera la adaptación del cuerpo a las nuevas funciones.
Se ponían
nerviosos cuando se detenía el espectáculo de la publicidad, de la
política, de los medios de comunicación, de los centros comerciales
y de la música ruidosa y adocenada.
Se ponían especialmente
nerviosos con el purismo y preferían el puritanismo, un
puritanismo hecho de pancartas.
Querían ruidos de máquinas y música
electrónica. Se encandilaban con las esculturas de Jef Koons y con
las redondeces de Botero que las preferían a la horizontalidad de
Mies, pero, les daba igual, de hecho, no sabían nada, porque nada les habían enseñado en aquellas aulas de la pamplina, no sabían de arte ni de razón, ni del tiempo ni del espacio, no sabían el nombre de las cosas y nadie sabía nada de geografía.
No sabían
nada de los puntos cardinales, nada de Albacete, de Lugo, ni de París,
creían que allí en París había una torre inclinada con nombre de
torta aliñada con mozzarella.