El maná caía del cielo. Era el alimento que la Divina Providencia regalaba a los que huían por el desierto.
Cuando el rocío se evaporaba aparecía el maná sobre las hojas frescas y, otra vez, volvía a aparecer con el crepúsculo.
Era el "pan de vida" que Dios ofrecía a su pueblo elegido, las mujeres y los hombres ilusionados que iban camino de la Tierra Prometida.
El maná era de color blanco como la pureza y a veces, ligeramente tostado, tenía el color de la mirra.
Eran unas obleas con miel y semillas de cilantro molidas y horneadas, aromatizadas con resina dulce de tamarisco.
¿A qué sabía el maná?
El maná siempre sabía a lo que más deseaba o gustaba a quien lo comía.
Si a uno le gustaban los pies de cerdo, pues el maná sabía a pies de cerdo y si a otro le gustaban los callos a la madrileña, pues sabía a callos, o sabía a torrijas si a uno le gustaban las torrijas.










