En
diversas ocasiones he comentado en este mi blog que ya hace años que
apenas leo literatura de narrativa ni de ningún tipo de ficción
posterior al siglo XVIII. Leo,
eso sí, algo de poesía y
ensayo actuales
pero nada
de novela, ni cuentos, ni relatos posteriores al Siglo de las Luces.
Naturalmente, exceptúo los autores de la Generación del 98 y la obra de algunos
magníficos autores de la primera mitad del siglo XIX, entre ellos
Walter Scott, Balzac, Dickens, Thackeray, Flaubert, Anatole France,
Loti, George Elliot, Gogol, Tolstoy, Conrad, Thomas Mann, Chejov, Turguenev, un poco de
Dostoyevki y un poquitín de Zola.
Me
desagradaron los lakistas, los prerrománticos y los románticos
ingleses Shelley, lord Byron, Wilde y muchos otros, cuya nómina
sería muy larga.
Veo
en la literatura posterior a la Ilustración y muy especialmente en
la literatura actual de ficción, un exceso de retórica, demasiados
adjetivos rebuscados y demasiado sentimentalismo que muchas veces
deriva en lo sentimentaloide.
Me
reafirmo, pues, en la lectura de los autores de la Ilustración,
especialmente en los moralistas franceses, aquellos autores que
observaban la realidad y escribían sobre las costumbres de cada día.
A veces, como en el caso de Pascal, podían entretenerse en
consideraciones de orden espiritual, aunque más bien se interesaban
por la piel, más que por lo que hay más adentro de ella.
Cuando
hablo de escritores moralistas me refiero al concepto de “mores”,
aquel que ya practicaban los autores romanos como Plutarco, Séneca,
Epicteto, Cicerón y, más adelante, Francis Bacon o Montaigne. Es un
género que no tiene nada que ver con la “moralidad”. Apunta a
cuestiones universales y que en mi pobre opinión parecen derivar de
la actitud y de las venturas y las desventuras del ser humano.
No
hay en la literatura de los moralistas, tanto en los franceses como
en los ingleses, ninguna actitud moralizadora, ni catequesis ni
lecciones evangélicas. No hallamos en sus obras ninguna moral,
ningún sistema filosófico, aunque, precisamente tal ausencia,
algunos ya podrían considerarla como si fuera un sistema filosófico.
Los
moralistas son autores que analizan lo objetivo y describen lo que
ven y lo hacen al margen de cualquier determinación doctrinal.
Ahí
están entre otros, los moralistas propiamente dichos ingleses y franceses, ilustrados,
enciclopedistas:
Madelaine
de Souvré
Richard
Steele
Jean
de La Fontaine
Charles Louis de Secondat, barón de Montesquieu
Jonathan
Swift
Blaise
Pascal
J. Locke
Voltaire
D. Diderot
J.J. Rousseau
William
Temple
Alexander Pope
Guillaume-Chrétien
de Lamoignon de Malesherbes
François
de La Rochefoucauld
Antoine
de Rivarol
Jean
de La Bruyère
El
marqués de Vauvenargues
Nicolas
Chamfort
Joseph
Joubert
Marie-Henri Beyle -Stendhal
François-René, vizconde de Chateaubriand
En la obra de todos estos autores hay ideas y formas literarias que llenan horas y
horas de lectura, entre estos y los clásicos de siempre, a mí particularmente, me ocupan tanto, que no me
dejan tiempo ni para ir al cine -que dicho sea de paso es algo que no
me gusta- ni para leer nada de la narrativa sentimentaloide que
actualmente se publica, nada de los escritores mediáticos, nada de
la literatura fantástica actual, nada de textos de inteligencia
emocional, nada de las ediciones comerciales que, como especies
invasoras, llenan los estantes de las librerías.
Entiendo la obra de los moralistas como una
respuesta laica -quizás agnóstica- al malestar producido por las
inveteradas disputas teológicas, peleas entre católicos y
protestantes, que con sus trifulcas iban desacreditando la influencia
intelectual de las diferentes iglesias.
No
lo sé, mis impresiones son las de un simple lector que casi siempre
se ha interesado más por la estática y por el cálculo
infinitesimal.
Continúo
releyendo la literatura del Siglo de las Luces -la literatura de la
razón- sin dejar de deleitarme con
La razón y ser de los tipos
estructurales de Eduardo Torroja.