La función principal de la arquitectura es dar cobijo a los hombres y mujeres que tenemos que soportar la inclemencia de la intemperie.
Cuando excede de su función principal, la arquitectura, casi siempre se convierte en un acto de vanidad.
Poner una piedra sobre otra suele acompañarse de una cierta dosis soberbia.
Levantamos grandes edificios con piedras presuntuosas, palacios, castillos y templos cuyas sombras oscurecen la luz del día.
Coronamos los edificios con algún elemento simbólico: banderas, escudos, estandartes, cruces de varios brazos y lo celebramos con cantos que enaltecen la paz y la concordia, con un espectáculo de luces, con pirotecnia y con artefactos voladores que dibujan en el cielo la cara de un arquitecto
Un arquitecto que fue capaz de levantar un gran templo sin que existiera un proyecto previo.
Al pie del edificio alto y presuntuoso todos celebran la hipocresía y el orgullo de una convivencia estropeada. El “petardeo” apaga el canto noble que podría recordarnos cómo es la paz verdadera.
Al pie del edificio altivo nadie se entiende, se confunden las palabras y la petulancia se sobrepone a los significados.
El símbolo altanero que corona el edificio, reprime, anula la razón, la concordia y el sentido común.
Otras torres antiguas ya confundieron las palabras, nadie se entendía al pie de la torre de Babel.


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