Béla Bartók (1881-1945) escuchaba los ritmos obstinados de la canción popular, las canciones de las niñeras, las nanas de las madres jóvenes y el chirriar de las ruedas de los carros tirados por mulas.
El paisaje de los campos magiares, planos y húmedos, se mezclaban en su mente con la música zíngara. En su cabeza, las danzas populares se confundían con los acordes de Zoltán Kodály, Richard Strauss, Claude Debussy y Johannes Brahms.
Componía siguiendo las proporciones áureas que, en mi opinión, le sirvieron para expresar su soledad. Él decía: la soledad espiritual será mi destino.
A juzgar por su ritmo ostinatto, diría que se trata de una soledad carente de serenidad. Sus ritmos son muy incisivos, a veces aturdidores y punzantes. Quizá en las melodías podamos apreciar el campo plano y el cielo magiar, pero en el ritmo no veo el paisaje húmedo de los campos húngaros.




tul.jpg)




