
Festspielhaus Hellerau, Dresden, 1911.
Arquitecto, Heinrich Tessenow
Las primeras ideas del proyecto de arquitectura suelen ser unos bocetos a lápiz
sobre papel. No soy capaz de plasmar las ideas en una pantalla de ordenador. La
informática es un instrumento, sólo la utilizo para ir desarrollando lo que ya
está pensado. Creo que esto es una cuestión de control mental y formal. El lápiz,
el dibujo a mano, vienen a ser como una extensión orgánica de la idea espacial.
Lo más difícil siempre son las primeras líneas sobre un papel mudo, en
blanco y dispuesto a acabar tirado a la papelera.
Luego viene todo lo demás: el control volumétrico, la distribución de los espacios, de los
empujes, las fuerzas gravitatorias, etc. Y procurar que la belleza esté por
encima de la estructura y la materia y que estas ya sean por sí mismas, belleza.
Esto es como decir que la estética está por encima de la estática.
Pero eso sí, que la estática no falle. Hay que asegurar el equilibrio, sin
él, no hay belleza. Todo es derribo.
Los góticos sostenían que la belleza sobrevolaba por encima de la materia. Para
ellos, la arquitectura era escolástica pétrea.
Otros, los neoplatónicos, decían que la belleza está en el interior de la
materia, eran los florentinos que pusieron orden y proporción a las piedras.
Más tarde, unos exaltados tudescos quisieron acaparar lo bello y situaron
la belleza en su intimidad emocionada, era la mirada romántica. Quizás querían
petrificar sus lágrimas disecadas.
Pobrecillos todos, que andaban moviendo la belleza de arriba a abajo como
los empujes sobre las bóvedas. Se requiere mucho andamiaje y muchos puntales de
amor, sabiduría, humildad y cálculo para que todo se sostenga en pie y que las
fuerzas se transmitan al subsuelo.
Quizás en el suelo, ahí, medio enterrado, es donde se esconde el ideal de
redención.