En azul, 1925, Wassily Kandinsky
El alboroto de los medios de comunicación, las lucecitas de colores de la publicidad, el estruendo de las sirenas, la charlatanería y todo el ruido ambiental, están invadiendo nuestro tiempo y nuestras calles, nuestra intimidad y nuestro sentido.
Reclamamos silencio para poder ver el panorama y transitar por él con tranquilidad, sin la mediación de las pantallas. Nos incordian las músicas adocenadas, necesitamos un sigilo reposado y una paz espacial.
Somos conscientes, en general, de la necesidad de sosiego y calma y sin embargo, cada vez se celebran más festivales de músicas ruidosas, fiestas rave ilegales o breakbeat hardcore y otros bullicios parecidos, como batucadas, ritmos caribeños, telefonillos inoportunos que suenan sin cesar y tertulianos que quieren imponer sus razones a gritos.
Aquí, no me refiero al ruido exclusivamente sonoro. Me refiero, además, al estruendo ambiental de los mensajes, al espectáculo de la política, a la difusión de noticias frívolas, falsas o innecesarias, a la fraseología insignificante, la publicidad engañosa y la otra, los whatsapps, las redes sociales, las pancartas coreadas por los manifestantes, etc. y contra este ruido reclamo discreción y templanza silenciosa.
A veces, en medio del ruido mediático, ¡ay de mí!, me planteo cómo podría yo contribuir al silencio. Me pregunto si mis opiniones contribuyen también al ruido.
Pienso que ante cualquier atropello no podemos permanecer callados, tenemos derecho a protestar, sí, pero con nuestra opinión, ¿conseguiremos que se calle el sujeto ruidoso que tenemos al lado? Con nuestra voz, más o menos atenuada, ¿no estaremos dando argumentos a los gritones para que griten más?
Un artista amigo mío ‒era un lógico-fobista‒ quiso pintar un cuadro titulado “la dimensión de un grito” pero no lo consiguió. Le recomendé que escuchara la música de Arvo Pärt, por ejemplo Sarah Was Ninety Years Old.
https://www.youtube.com/watch?v=EK4tXl1nt9Y
