Mijaíl Fiódorovich Lariónov (1881 - 1964) fue un pintor de lo robusto, de lo fuerte y lo recio, como los campesinos que pintaba Malèvich.
La obra de Lariónov se inspira en el folclore ancestral ruso, en el arte rupestre. Su trazo es rudo y fornido, en cierta manera tosco como la supervivencia. Su pintura no reconoce ironías, se reduce a lo esencial de los elementos básicos de la vida: procurarse el alimento y perpetuar la especie, esto es la comida y el sexo.
Lariónov rechazaba una civilización que ha padecido el mal negocio de la historia.
A Mijaíl Fiódorovich Lariónov le fascinaban las herramientas de los campesinos y de los leñadores, sus movimientos y los movimientos de las mulas.
Hay en su obra un primitivismo cercano a la obra de Kazimir Malèvich o a las tallas y máscaras del arte africano que tanto interesaban a Picasso.
La depuración y la síntesis de aquellos elementos arcaicos llevaron a Lariónov a la abstracción. Con su amante Natalia Serguéievna Goncharova (1881-1962) definieron el "rayonismo", esta vanguardia rusa que podríamos entender como una abstracción vigorosa y maciza.
¿Puede el artista promulgar un retorno al primitivismo y rechazar la civilización y la historia que nos ha precedido?, sí, pero la historia no hay quien la borre.
Particularmente, prefiero la abstracción del rayonismo que la figuración del primitivismo.
Las formas primitivas, la lascivia de los sátiros y las obsesiones percutivas del orate del tambor, son formas que la civilización y el arte han sabido poner al día. A esta evolución han contribuido la estatuaria griega, Dante, Hölderlin, Bach, Newton, Miguel Ángel, Mozart, Voltaire y tantos otros que, con su arte y su razón, han sabido convertir la piedra bruta en una piedra pulida.



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