
para Elena Clásica
Tantos siglos escuchando, embobado,
la canción que entona el acero
cuando roza con la piedra arenisca.
Es una música monótona entre chispas.
-Lejos de las chispas del aire debe ser más puro-.
Con el aire enrarecido y en medio de un polvillo de desplantes
afilo cimitarras, espadas y envidias,
dagas, cuchillos y hostilidades
y hago rodar la muela, que incesante
gira y gira con su danza pesada.
-Es tal el trabajo y la infamia
que nunca he parado la rueda
y en el tedio de su giro no vivo,
pues la vida es una acción apasionada-.
Doy filo a alfanges flexibles
como los juncos de Alejandría,
y afilo puñales, escalpelos y vanidades.
Las chispas me queman los dedos
y aún tengo que afilar la violencia
entre hermanos y dar filo
a las espadas de Eteocles y Polinices
y sacar punta al puñal del padre
que, entre zarzas, ofrece
su primogénito en sacrificio a su Dios.
En medio del combate paso por la piedra
los mejores aceros de Damasco,
aquellos que cortan un velo de seda
tal como seccionan la yugular del cruzado.
Y cuando llega la oscuridad, la luz fugaz
de las chispas me ilumina el lecho húmedo,
y se me rompe la duermevela con el tintineo del acero
y con la grasa amarga que deja el odio sobre la muela.
En esta nocturnidad tan traidora afilo
las pasiones de los machos que degüellan,
entre las lágrimas de sus hijos, lo que creen suyo.
Al amanecer, apago el calor de la piedra abrasiva
y humedezco la muela con el agua del río de Caronte
para continuar el trabajo paso a paso con la otra rueda,
la de las estaciones, la del tiempo.
Tiemblo con el encargo de los caudillos
cuando me hacen afinar el espadín de aquellos jóvenes
que son instruidos para arrancar los ojos
de un gatito y los aleccionan hasta obtener
de la voluntad de poder un fruto venenoso.
Afilo los estoques, navajas y machetes
de los generales que por la fuerza de la herramienta
se convierten en superlativos y disponen
el acero bajo el palio para construir
peninsulares reservas morales.
No dejo que las nubes de chispas
me oculten la sonrisa del fariseo
y me crujen los dientes ante los leones rampantes
que no les basta con las uñas
y con soberbia me piden que les afile
la herramienta que llevan escondida.
Son los héroes de feria que con un corte rotundo
quieren reventar el cuerno de la abundancia
y que, sentados en las mesas de los consejos,
no conocen el vuelo de la alondra,
ni saben nada de la oruga que al morir
se convierte en una mariposa que corta el viento
con el aleteo de un silencio.
De nuevo la noche, y la rueda que chirría
y gira incansable como el tiempo,
éste,
implacable, llega
con la música más monótona:
el canto de la Sibila,
y con un cuchillo con el mango de marfil
corta con suavidad los hilos
como si fuera aquella mariposa
que con el aleteo impreciso
cortaba el viento de mediodía.