William Turner, La muerte en un caballo pálido, c. 1825 (detalle)
Hace ya mucho tiempo que apenas leo literatura de ficción posterior al Siglo de las Luces.
Limito mis lecturas en el tiempo y en el espacio, a sabiendas de que me pierdo una enorme cantidad de letras que tienen, con toda seguridad, la calidad suficiente que les permite ocupar un lugar destacado en la historia de la literatura.
Circunscritas mis lecturas en el tiempo, me interesa la literatura que va desde la antigüedad grecolatina hasta el enciclopedismo del siglo XVIII.
En el espacio, y en cuanto a la literatura de ficción se refiere, mis preferencias se concentran en la literatura producida entre la orilla del Mediterráneo y el límite septentrional de los campos de olivos, la literatura escrita en las tierras donde crece el árbol de Minerva.
Los autores románticos ingleses son quienes han provocado mi rechazo a un tipo de literatura que huele a tapizados rancios y a armarios llenos de abrigos viejos; unas letras que tímidamente se iluminan con la claridad mortecina de la humedad del norte y unos versos que confunden las lágrimas disecadas de los poetas oscuros con las gotas de rocío.
Los escritores germanos -especialmente de narrativa- también me han provocado cierto rechazo, quizá no tanto como los anglosajones, pero su obra crepuscular también se regodea con los interiores oscuros. Sus autores son la voz del Der Wanderer que pasea por el bosque de las nieblas espesas.
Ingleses puritanos y alemanes pietistas -románticos todos ellos-
¡Uf, qué lejos está todo esto del esplendor mediterráneo!






