lunes, 12 de octubre de 2020

La isla de la razón


Son tiempos líquidos, el mar está embravecido. Es peligroso asomarse al borde del acantilado para contemplar las olas y peligroso navegar sobre turbulencias. Aun así, algunos persistimos en emprender la travesía y cruzar el estrecho fatídico que separa Escila de Caribdis.

Pensamos en la metáfora de Kant que afirmaba que la razón es una isla rodeada por un mar de tinieblas. Las tinieblas son las supersticiones, el arrebato irracional y la oscuridad caótica. Hoy se hace necesario constatar la dureza de las rocas del acantilado de esta isla perdida y comprobar la capacidad de aguante de los estratos rocosos para ver si podemos cimentar sobre ellos el edificio de la razón, que es la obra más completa y bella que ha edificado el ser humano.

Las acometidas del mar son terribles, basta contemplar el panorama literario y artístico actual y el conocimiento todo. Las aguas se precipitan como un tsunami y la sinrazón inunda la isla. En el campo inundado, la penuria y la exigüidad creativa producen escalofríos. Las rocas se disgregan. 
 
Yo creo que nos esperan setecientos años de miseria creativa y de desolación social. Podríamos decir que es el tiempo de la erosión. 
 
En la geología de la razón aparecen grietas y oquedades profundas que se van rellenando con la arbitrariedad y los fanatismos.

Quedó atrás el afán de ilustración, atrás las luces de aquel siglo iluminado, que tampoco vamos a reivindicar, pero sí afirmar que vivimos en un tiempo de anti ilustración con destellos que deslumbran al artista más pintado.
Sin llorar por la razón perdida, observamos como el arte y la literatura actuales se producen sin compromiso estético y, lo que es peor, sin ejercitar una crítica inteligente que nos permita zafarnos de la sinrazón.

Los periodos de la historia del arte en los que predomina la razón duran poco tiempo. El hombre se cansa enseguida, se duerme y no despierta hasta que llega una luz viva o el estridente chirriar de la guillotina.

sábado, 10 de octubre de 2020

Erwin Schulhoff. Música del holocausto

Erwin Schulhoff, grabado de Conrad Felixmüller, 1924


Erwin Schulhoff (1894-1942) murió de tuberculosis en el campo de concentración de Wülzburg. En aquel infierno compuso su Sinfonía nº 6 (Sinfonía de la Libertad) que está considerada como una de las composiciones más significativas del Holocausto.


Este compositor checo-alemán de origen judío fue un pacifista radical que había luchado en la Gran Guerra.


Músico experimental que supo aunar estéticas contradictorias tanto del expresionismo vienés como del dadaísmo alemán.


Convencido de la estética dadaísta, podríamos decir que es el más claro exponente del dadaísmo musical. Fue un gran pianista, interprete de la música de vanguardia, del dodecafonismo de Arnold Schönberg, Alban Berg y Anton Webern.


Su la ópera Flames (quizás su obra más destacable) es una interpretación muy particular del mito de Don Juan. En esta ópera encontramos una gran influencia del jazz.


Se opuso al nazismo y depositó su confianza en el comunismo soviético.


La ideología política de Schulhoff determinó de forma desmesurada su obra musical. Tanto es así que en 1932 puso música al Manifiesto Comunista y en 1941 dedicó su Sexta Sinfonía "Svobody” al Ejército Rojo.


Cuando los nazis ocuparon Checoslovaquia, Erwin Schulhoff trato de emigrar a la URSS, sin conseguirlo. Fue hecho prisionero, considerado preso político y judío y fue internado en el campo de concentración de Wülzburg (cerca de Weißenburg in Bayern) donde murió en 1942.


Su nombre fue borrado de la memoria cultural. Nadie en Alemania recordaría su apuesta por la música microtonal o su experimentación sobre el primitivismo musical hasta 1994, en su centenario, que fue recuperada su figura y su obra.


A pesar de ser de una composición determinada por un texto tan potente, a mi entender, la música al Manifiesto Comunista es una acción apasionada sin toques descriptivos. Por esta razón, no debe considerarse como ejemplo de música programática ni se trata de música incidental. Es más bien un ejemplo de música heroica que queda lejos, muy lejos, de la música heroica de finales del clasicismo.  

jueves, 8 de octubre de 2020

La procesión

Óleo sobre 18 placas de plomo. Anselm Kiefer


Las mejores procesiones son las que van por dentro.

 

Cuando alguien que pasa una penuria afectiva o económica, o se siente agredido por una injusticia, me dice, con actitud estoica, que la procesión va por dentro, inmediatamente me inspira una gran confianza. Me hace pensar que tengo ante mí a un individuo juicioso que no se deja avasallar por las pasiones incontinentes. Templanza, amigo mío, esto es lo que pienso.

 

Es mejor contener los desfiles procesionales. Si la procesión sale al exterior suele producir un desorden terrible.

 

Dicen algunos que la procesión interior les corroe y que si no la sacan al exterior revientan. Pero ocurre que si la exteriorizan vienen otros y revientan al afectado.

 

Manifestaciones, jaranas, batucadas, desfiles militares, procesiones religiosas…, unas con pancartas, otras con tambores, o con unos militares presididos por una cabra y otras que portan pasos con tallas de Cristos ensangrentados. Todas ellas son muestras de una irracionalidad que explota. En unas se cantan consignas en forma de pareado, en otras se grita algo que no se entiende y en otras se cantan saetas dolientes.

 

Las procesiones que salen al exterior suelen ser manifestaciones de algo irracional o de rabia incontenida.

 

La estética de la procesión exterior, sea del tipo que sea, siempre es la misma: unos individuos con disfraces caminan o bailan tras otros. Delante suele desfilar el más alto, el que porta un estandarte con bordados barrocos y junto a él van los que hacen el paripé, circunspectos ellos, y luego todos los demás. La enajenación de los que procesionan se expresa en sus rostros, a veces con un jolgorio pueril y a veces con un recogimiento que acaba en borrachera colectiva.