lunes, 12 de octubre de 2020
La isla de la razón
sábado, 10 de octubre de 2020
Erwin Schulhoff. Música del holocausto
Erwin Schulhoff, grabado de Conrad Felixmüller, 1924
Erwin Schulhoff (1894-1942) murió de tuberculosis en el campo de concentración de Wülzburg. En aquel infierno compuso su Sinfonía nº 6 (Sinfonía de la Libertad) que está considerada como una de las composiciones más significativas del Holocausto.
Este
compositor checo-alemán de origen judío fue un pacifista radical que había
luchado en la Gran Guerra.
Músico
experimental que supo aunar estéticas contradictorias tanto del expresionismo
vienés como del dadaísmo alemán.
Convencido de la estética dadaísta, podríamos decir que es el más claro exponente del dadaísmo musical. Fue un gran pianista, interprete de la música de vanguardia, del dodecafonismo de Arnold Schönberg, Alban Berg y Anton Webern.
Su la ópera Flames (quizás su obra más destacable) es una interpretación muy particular del mito de Don Juan. En esta ópera encontramos una gran influencia del jazz.
Se
opuso al nazismo y depositó su confianza en el comunismo soviético.
La
ideología política de Schulhoff determinó de forma desmesurada su obra musical.
Tanto es así que en 1932 puso música al Manifiesto Comunista y en 1941 dedicó
su Sexta Sinfonía "Svobody” al Ejército Rojo.
Cuando los nazis ocuparon Checoslovaquia, Erwin Schulhoff trato de emigrar a la URSS, sin conseguirlo. Fue hecho prisionero, considerado preso político y judío y fue internado en el campo de concentración de Wülzburg (cerca de Weißenburg in Bayern) donde murió en 1942.
Su nombre fue borrado de la memoria cultural. Nadie en Alemania recordaría su apuesta por la música microtonal o su experimentación sobre el primitivismo musical hasta 1994, en su centenario, que fue recuperada su figura y su obra.
A
pesar de ser de una composición determinada por un texto tan potente, a mi
entender, la música al Manifiesto Comunista es una acción apasionada sin toques
descriptivos. Por esta razón, no debe considerarse como ejemplo de música programática
ni se trata de música incidental. Es más bien un ejemplo de música heroica que
queda lejos, muy lejos, de la música heroica de finales del clasicismo.
jueves, 8 de octubre de 2020
La procesión
Las mejores procesiones son las que van por dentro.
Cuando alguien que pasa una penuria afectiva o económica, o se siente agredido por una injusticia, me dice, con actitud estoica, que la procesión va por dentro, inmediatamente me inspira una gran confianza. Me hace pensar que tengo ante mí a un individuo juicioso que no se deja avasallar por las pasiones incontinentes. Templanza, amigo mío, esto es lo que pienso.
Es mejor contener los desfiles procesionales. Si la procesión sale al exterior suele producir un desorden terrible.
Dicen algunos que la procesión interior les corroe y que si no la sacan al exterior revientan. Pero ocurre que si la exteriorizan vienen otros y revientan al afectado.
Manifestaciones, jaranas, batucadas, desfiles militares, procesiones religiosas…, unas con pancartas, otras con tambores, o con unos militares presididos por una cabra y otras que portan pasos con tallas de Cristos ensangrentados. Todas ellas son muestras de una irracionalidad que explota. En unas se cantan consignas en forma de pareado, en otras se grita algo que no se entiende y en otras se cantan saetas dolientes.
Las procesiones que salen al exterior suelen ser manifestaciones de algo irracional o de rabia incontenida.
La estética de la procesión exterior, sea del tipo que sea, siempre es la misma: unos individuos con disfraces caminan o bailan tras otros. Delante suele desfilar el más alto, el que porta un estandarte con bordados barrocos y junto a él van los que hacen el paripé, circunspectos ellos, y luego todos los demás. La enajenación de los que procesionan se expresa en sus rostros, a veces con un jolgorio pueril y a veces con un recogimiento que acaba en borrachera colectiva.




