Desde
mayo a agosto, cuando los días son más largos, es cuando más llueve en el
condado de Essex. En estos meses, en los que podría haber más luz, el cielo está
nublado. El paisaje es sombrío. El clima en el condado de Essex es oceánico, abundan
los días lluviosos.
Allí,
bajo un cielo crepuscular, Edward Elgar componía una música crepuscular.
En
1899, en su casita estival de Essex, rodeada de brumas británicas, Elgar
escribió la partitura “Cuadro del mar”.
Es una música expresiva y dramática que, en algunos compases, se adivina el
engaño nacionalista y la pompa victoriana.
Edward
Elgar (1857-1934) miraba un mar en el que el horizonte se confunde con el
crepúsculo.
Para
una sociedad clasista y victoriana que menospreciaba al músico por sus orígenes
un tanto humildes, Elgar compuso las marchas
de pompa y circunstancia, su Land of
Hope and Glory agradaba a los británicos que identificaban aquellas marchas
como la música genuina del Imperio Británico.
Sus
Variaciones Enigma pueden considerarse
la primera obra maestra compuesta en Inglaterra desde la muerte de Henry
Purcell acaecida en 1695. Elgar reconocía el carácter crepuscular de sus Variaciones Enigma, dijo que contenían
un “dicho oscuro”. La obra expresa la
sensación constante de la “soledad del artista”, la introspección inquieta y la
melancolía de quien se encuentra entre neblinas. Las Variaciones Enigma son opacas.
Durante
muchos siglos, Inglaterra fue un país sin música. Ni el clasicismo ni el
romanticismo dejaron sus compases en la isla británica. Hubo de pasar el
empirismo, el industrialismo y el orgullo petulante del puritanismo para que, a
finales del siglo XIX, volvieran a brotar armonías o melodías sobre las tierras
que se extendían desde las Highlands
de Escocia hasta la desembocadura del Támesis. Algunos músicos más o menos
bucólicos, otros trasnochados admiradores de la estética medieval y otros, como
Elgar, empaparon sus partituras con la humedad de la niebla baja.
Yehudi Menuhin y Edward Elgar
Por
razones familiares, la obra de Elgar que más veces he escuchado es su Concierto para
violonchelo de 1919. Hay quien ve en este concierto un adiós: tras la tragedia
de la Primera Guerra Mundial, Elgar se despide de la Inglaterra eduardiana y de
su carrera como compositor. Yo aprecio acordes sombríos ya desde la apertura.
Encuentro, en el prolongado ascenso de la escala en mi menor, en el tema
central del primer movimiento, algo que podemos asociar a una trágica nobleza
que decae irremediablemente y se confunde con el olor de unos armarios repletos
de abrigos viejos. El primer movimiento es lacónico y contrasta con un scherzo
breve como la sonrisa forzada de un clown
por cuyo rostro pintado de blanco resbala una lágrima mientras se va retirando en
solitario.