Felipe Sérvulo, José Florencio MartínezFrancesc Cornadó y Joan Margarit
Durante los primeros
cinco cursos de la carrera de Arquitectura, en la asignatura de Proyectos, nos
insistían sobre el valor de la composición de una fachada, la buena
distribución de los interiores del edificio, el equilibrio de volúmenes, la adaptación
del edificio al entorno urbano o al medio ambiente, la funcionalidad de los
espacios, el equilibrio entre vacíos y llenos, etc.
Las correcciones de los
proyectos que presentábamos eran tremendas y los profesores implacables, con sus comentarios, rozaban a
veces con el insulto.
Cuando ya veíamos el proyecto más o menos compuesto, cumpliendo las condiciones que he citado, intentábamos
meter una estructura que sustentara todo aquello. Colocábamos pilares y jácenas
de una manera más o menos razonable, procurando siempre que la realidad estructural
no desvirtuara el conjunto de volúmenes que previamente habíamos diseñado. En
otras palabras, supeditábamos los elementos estructurales a la composición de
espacios y fachadas.
Llegó el sexto curso –entonces,
en el plan de estudios de 1979, la carrera tenía seis cursos, más el Proyecto Final de
Carrera– y en este último curso, nos encontrábamos con la asignatura “Las estructuras y el proyecto
arquitectónico” con el profesor y catedrático Joan Margarit, el buen arquitecto
y gran poeta, que más adelante recibiría el premio Cervantes de literatura. Un hombre extraordinario del que aprendí mucho,
tanto en la carrera como después en práctica profesional y finalmente como poeta.
Margarit nos hablaba de
equilibrio. Nos decía que estructura y forma arquitectónica forman un conjunto
indisoluble. La estructura es forma en sí misma, igual que lo es la composición
de espacios. En su asignatura, Margarit nos enseñó a diseñar a partir de los
elementos estructurales. Empezar siempre por el equilibrio.
No dejar nunca que la
vanidad de una forma se supeditara a una realidad equilibrada.
Así es la poesía de Joan
Margarit (1938-2021) y así lo fui entendiendo. Cada vez que leía sus versos
recordaba sus clases y su extraordinario magisterio.
La estructura forma parte del poema. Es consustancial.
El equilibrio es
indispensable entre el contenido y la forma, entre la emoción y la razón, entre
la expresión y el sentimiento, entre Eros y Thánatos, entre Apolo y Dionisos.
Del equilibro nace el poema y gracias a él los edificios se mantienen en pie. Todo poema que no
esté equilibrado se cae de las manos.
Acabada la carrera, con
la práctica profesional, coincidí en diversas ocasiones con Margarit y, años
más tarde como poeta nos fuimos viendo con mucha más frecuencia y las conversaciones se alargaban. Siempre admiré
a mi profesor de Estructuras y al poeta.