El paso de los equinoccios
ha mudado toda forma.
Las geologías más solidas
devienen áridos y los cuerpos
se transforman.
Quisimos lo inmenso
y éramos anónimos en la inmensidad
de los virus y las galaxias.
Luchábamos contra aquello que creíamos
enorme y que era tan pequeño como
nuestra pequeñez.
Parecíamos enemigos de un mismo dios,
levantábamos la espada de la palabra
y de la razón envanecida
y no sabíamos hacia dónde las levantábamos.
Hoy contemplo las constelaciones
con sus caminos lácteos y me conformo
con la estricta dependencia de la materia
y aborrezco la voz del ángel desaparecido
cuyas palabras nos condenaron
a una existencia que añora eternidad.
F.C. (mayo 2017)


