Antes
de que yo naciera, el existencialismo ya se había extendido como una mancha de
aceite por toda Europa.
Los
principios existencialistas fueron anteriores a la 2ª Guerra Mundial. Así lo
demuestran los escritos de Sartre. Antes del desastre europeo aquellos
filósofos desesperados (asqueados) ya anunciaban la barbarie de las armas y los
totalitarismos.
Murieron
muchos inocentes y por Europa se extendió una nausée producida por el dolor y la exigüedad del pensamiento. Ninguna reflexión era eficaz ante
la existencia.
En
España la exigüedad era peor. El dolor persistía y el pensamiento estaba
secuestrado. Pasaban los años y el desarrollismo sirvió para que supiéramos qué era un utilitario o descubriéramos el sopicaldo
que nos vendían en sobres o en pastillas. Las divisas que entraban con el
turismo no sirvieron para irrigar los prados del pensamiento teórico o de la
ciencia.
La
avanzadilla de las corrientes filosóficas europeas apenas se divulgaba en
nuestras universidades que continuaban enfrascadas en el tomismo. La enseñanza de la filosofía
estaba integrada en las facultades de Filosofía y Letras, fomentando más las
filologías que la filosofía pura. En cuanto a las ciencias no había más que un
erial. Salvo brillantes excepciones, lo más avanzado que se explicaba en
matemáticas -ex cathedra- eran algunas ecuaciones diferenciales difíciles y
ciertas especulaciones sobre geometría plana.
Cuando
entré en la universidad -así lo recuerdo- el existencialismo era visto como un
movimiento de jóvenes franceses que vestían de negro y fumaban en pipa. Aquí
algunos los quisieron seguir. Siguieron sus formas pero, salvo
brillantes excepciones, apenas hubo una reflexión filosófica.
Como
siempre escéptico, desconfié de las buenas intenciones de los existencialistas. Su rigor me parecía notable y positivo, pero la eficacia de su doctrina la veía
cacoquímica y desvalida. El tiempo me ha dado la razón.
El
pensamiento humano suele ser ridículo y, ante la realidad, es infinitamente
irrisorio. La especulación filosófica de los existencialistas y de todas las
corrientes filosóficas de occidente, ya hace tiempo que se ha convertido en
pura logomaquia. Una discusión casi siempre estéril que no le queda otro
remedio que ceder ante la elegancia de razonamientos científicos de la talla de
la ecuación que relaciona la masa con la energía, E
= mc2, la famosa expresión de la teoría de la
relatividad de Einstein.
La especulación filosófica debe ceder también ante la realidad que se iba transformando a partir de
los avances científicos.
La teoría filosófica se recluía en las cátedras y, como un pasatiempo de
sabios, servía para la práctica de la gimnasia mental y para poder dar un tono
de transcendencia al panorama intelectual.










