jueves, 20 de febrero de 2020

Semiótica en la contemplación del arte


 Tobias Rehberger

Aunque la obra artística haya nacido de una enajenación arrebatada, aunque no sea más que el resto ensangrentado de una batalla entre Apolo y Dionisos, aunque sea el producto apolíneo del cálculo, la mesura y el equilibrio; en toda obra de arte hay un “riguroso reposo”, un ‘locus’ intelectual, donde todo tormento es descanso.

Este lugar íntimo del artista está poblado de imágenes y de emoción o del dolor producido por su incapacidad física de expresar aquello que siente. Sólo el artista conoce la magnitud de su dolor y de su esfuerzo, y esto nunca llega al espectador.

La obra queda abierta, para que sea el espectador que la complete añadiendo su sensibilidad o sus “fantasmas”.  A pesar de lo que diga la semiótica, creo que esta forma de observación de la obra de arte, es una forma romántica de contemplación.

El concepto de ‘obra abierta’ es algo relativamente moderno que entusiasmó a los semióticos y a partir de ahí, parece que nos hayan obligado a todos a mantener una postura activa ante la obra de arte. Siendo así, me pregunto cuál debe ser la actitud activa del espectador, ¿tiene que ponerse a bailar?, ¿tiene que abrir los brazos y proferir aleluyas o tiene que manifestar con críticas y sermones la bondad de una obra de arte? 

No está mal bailar para completar una obra musical y resulta plausible mantener una posición crítica ante un discurso artístico. Mejor estas posturas que unos aspavientos de cara a la galería.

Creo, sin embargo, que existe un "locus" íntimo del espectador, lejos de toda gesticulación, donde se produce el goce estético insurrecto, un "riguroso reposo" en el que la gratificación se opone a toda enajenación.   

Confirmo, pues, aquella afirmación de que resulta mucho más revolucionaria la contemplación del arte que cualquier militancia ideológica.

Es un placer individual, sí, pero sus efectos tienen una dimensión universal. Es, en efecto, un placer “non finito”, tanto en el tiempo como en el espacio.

lunes, 17 de febrero de 2020

Tres puntos geográficos

Ode to Barnett Newman

Urbino

Los perfiles de Urbino
recortan la oscuridad.

No hay propuestas de amor ni de imposición,
todo es como el dulcísimo
aroma del tomillo.

Tozeur

De las tierras ocres de Tozeur
llega el eco de los trenes
que pasan sin detenerse.

Aquellas locomotoras atraviesan
los campos que fueron inundados con agua salada,
tierras que guardan el recuerdo
de un erial provocado.

Kritzá

Las montañas no detienen el ruido
de los curetes. No se oyen en Kritzá
aquellos gritos que pretendían ocultar
el lloriqueo del más grande de los dioses.

Las mujeres visten largas faldas negras.

En las suaves laderas de Creta,
el verde plateado de los olivos
proyecta una sombra muy suave
sobre las iglesuelas bizantinas.

F.C.

sábado, 15 de febrero de 2020

Estratos intermedios


 Joan-Pere Viladecans. Díptico (1998)


En el Paraíso, donde todo es placentero, no cabe la voz del poeta, en todo caso un corifeo complacido cantará las excelencias de la Gloria Eterna. En las altas esferas celestes no hay indignación y ya sabemos que es precisamente la indignación la que hace el verso.

El primer verso lo dan los dioses, pero a continuación, solo la acción artística del poeta puede continuar el poema. En el cielo no cabe la acción, todo está hecho y todo está servido.

En el Paraíso no hay poesía.

Tampoco la hay en el Infierno, allí todo es dolor, llanto y crujir de dientes y ya sabemos que si los dientes crujen no hay palabras que puedan cantar odas o elegías. No hay libertad en el abismo infernal y sin libertad, el arte no es posible y menos aún la poesía. El fuego eterno lo quema todo, no hay cuerpos ni paisajes que cantar, el amor ha desaparecido y la belleza fue injuriada precisamente por un poeta que se atrevió a bajar unos días al Infierno.

No hay poesía en el bosque prístino, ni en la indigencia absoluta. No hay versos inspirados en los yates de lujo ni en las chabolas. Solo hay poesía en los estratos intermedios.

Nota: a propósito de la poesía y el paraíso, dejo este enlace
 el librero solícito 
sobre una anécdota real.

miércoles, 12 de febrero de 2020

La cursilería en el arte


Cristina Schiavi. Cintas de color rosa

Lo cursi es algo así como una pátina que sirve para cubrir las superficies, para igualar las texturas y para hacer que todo resulte pegajoso.

La cursilería en el arte es un principio de perversión. Confiere a la obra una contradicción y un engaño formal: presenta una apariencia elegante que esconde una malévola perversión del gusto. Vendría a ser como estas fachadas neoclásicas que presentan un frontón triangular dórico que esconde un techado plano.


El nacimiento de Venus. (1879)
Adolphe William Bouguereau
Lo cursi no penetra, sólo cubre. El núcleo de la obra permanece igual sin alteración y el meollo del concepto, aunque enmascarado, continúa siendo el mismo. 

Cabe decir, sin embargo, que hay meollos que se prestan a la cursilería; estoy pensando en algunas músicas empalagosas de John Williams, en las esculturas mórbidas de Jeff Koons, en la poesía sentimental o en el osito de Tous.
Cisne, conejo, mona. 
Jeff Koons

La cursilería es dañina porque endulza lo disidente y subraya con una línea de color fucsia lo que es complaciente.

Con sus formas adocenadas, la cursilería utiliza recursos románticos discontinuos, aborrece toda crítica racional conduciéndonos al pensamiento único, exige poco y nos sumerge en el estanque sentimentaloide de las ranitas-principe.

Lo cursi concita votos y consensos, genera frivolidad y ñoñería como esa que vemos tan bien reflejada en algunos pompiers como Adolphe William Bouguereau, Anne-Louis Girodet de Roussy-Trioson, o en la obra cursilísima de Eugène Emmanuel Amaury Pineu Duval. Es insoportable como la blandenguería de las pinturas de Rupert Bunny. Alcanza las formas del infantilismo insoportable de los niños consentidos en Jeff Koons y en los dibujos de Disney, es trivial como la risa incomprensible de un adolescente mimado, como las cintas de color rosa de la escultora Cristina Schiavi y deleita a las señoras burguesas del modernismo catalán como las cerámicas de Dionís Renart.

 Cabeza de muchacha. 
Anne-Louis-Girodet-de-Roussy-Trioson

Primavera (1907)
Rupert Bunny

Dionís Renart


Lo cursi, en definitiva, es el esfuerzo amanerado de quien busca la belleza sin saber qué es. 
 Bailarina
Jeff Koons