Ars longa, vita brevis
Todas ellas sabían que la vida es breve y que el arte de la seducción viene de antiguo y es largo. A ellas, ese arte las mantuvo en vida.
Gabrielle de Estrées, que era una «bella monada un poco sosa y sin demasiado ánimo».
Madame de Montespan (Françoise-Athénaïs de Rochechouart), que tanto amó con ánimo de lucro.
Madame de Maintenon (Françoise d'Aubigné), que sabía de nobles.
Madame Dubarry (Jeanne Bécu, condesa du Barry), pobrecilla, la guillotina le cortó la cabeza.
Ninon de Lenclos, que tañía muy bien el laúd, aunque lo suyo era la teoría y praxis del libertinaje.
María Duplessis (Rose-Alphonsine Plessis), que sentía un profundo amor por las camelias.
Barbara Villiers, que era ludópata y muy extravagante.
Vannozza Cattanei (Giovanna dei Cattanei), que fue una experta en negocios episcopales.
Tullia d’Aragona, que escribía sonetos a los nobles florentinos elogiando sus atributos y amándolos con amor neoplatónico.
María Vetzera, que está sepultada en la abadía de Heiligenkreuz, que tan buenos recuerdos de simetrías me trae.
Eran peregrinas en este mundo, peregrinas de pasitos cortos y ambiciones largas. Se interesaban por los nobles -no tanto por la nobleza- y sacaban de ellos linajes y joyas.
Excepto Ninon de Lencos, todas ellas creían en la Comunión de los Santos.
El amor humano es breve, la redención eterna es larga.
No esperaban que el amor las redimiera, eso de la
redención por amor es cosa romántica, y ellas no eran románticas.


Casa LOBA. Coliumo, Chile. 




