Después
de unas cuantas semanas alejado, desconectado de los blogs, sin ordenador y apenas sin
utilizar el teléfono vuelvo con el mismo escepticismo de siempre.
A
veces este escepticismo da una imagen de desilusión, pero no es así, conservo
el buen humor de siempre. Intento relativizar tanto como puedo. Por descontado,
no voy a dejarme impresionar por el cúmulo de majaderías que nos sirven los
medios de comunicación. El espectáculo que ofrecen estos medios es de una
incultura supina.
No
dejaré que la invasión de emociones y sensiblerías que se cierne sobre nosotros
me amargue la existencia, esta contaminación emocional enturbia el ambiente
como la calima sucia y sahariana que no deja ver la claridad de la mañana.
En este tiempo de alejamiento he escuchado muy buena música y me han acompañado
unas lecturas extraordinarias, son el antídoto perfecto contra el emponzoñamiento
ambiental.
Contemplo
el panorama social y las calles de mi ciudad y veo que ocurre lo de siempre:
unos que ensucian, otros que manipulan, unos que parlotean y dicen que tienen
toda la razón del mundo, energúmenos que gritan, gamberros que pintarrajean las
fachadas…, todos haciendo gala de su incultura y su holgazanería.
Constato
mentiras y confirmo mi escepticismo. No me voy a creer nada de lo que digan los
medios. Cuando no son noticias manipuladoras, son un cúmulo de errores, de
imprecisión, de falta de rigor, de equivocaciones con los datos, faltas de
ortografía, desconocimiento del lenguaje, confusión de conceptos y burradas
inconmensurables, todo mezclado con una exaltación de las emociones más
banales. Constato lo perjudicial que
resulta recurrir a las emociones para resolver los problemas. Nunca he podido
pagar al pescadero con una emoción.
Me
sorprende que haya quien crea que, tarde o temprano, llegará un iluminado que
lo arregle todo. Se terminarán las hojas
de los calendarios venideros, pasará el turno de la sepia y nadie habrá
arreglado los males de los hombres y mujeres que transitan por las calles de mi
ciudad que un día fue un prodigio de modernidad.
Mi
incredulidad es cada vez mayor, pues para esto habían de servir las horas de
estudio de física y matemáticas, estas materias proveen de escepticismo, tanto
como la charlatanería hueca de los incultos que ocupan cargos públicos.
Con
el calendario a cuestas valoro cada vez más el lenguaje inteligente del humor y
la ironía.
Creo
que hay que vivir bien. Soy pragmático e indulgente con las pequeñas virtudes y con los pequeños pecados. Los grandes los dejaré para que la
historia los juzgue, yo no voy a hacerlo.
Las
utopías y los paisajes del unicornio blanco son una entelequia para ir pasando
el rato.