Escribir poesía es un ejercicio de rigor. Sin un concepto y sin una idea estética no es posible la expresión poética.
La construcción poética se apoya sobre un fundamento estético y se levanta con el rigor de la palabra, de tal forma que la conjugación y el modo verbal nos indican de manera precisa cuan veloz es el paso del tiempo, y una adjetivación perfecta nos permite expresar el color exacto de una hemorragia o la viscosidad de unas lágrimas.
Algunos han dicho que el primer verso te lo dan los dioses. Seguramente son los dioses de la idea y la belleza. Después le sigue todo lo demás: el esfuerzo, la corrección, la precisión de la palabra…
La poesía es el arte de la palabra.
Los filósofos estructuralistas y muchos otros pensadores anteriores habían demostrado que palabra y pensamiento son la misma cosa.
Así pues, si la poesía es el arte de la palabra, habremos de convenir que la poesía es el arte del pensamiento.
Este argumento puede parecernos algo presuntuoso, pero habrá que admitir que no es posible sustentar una expresión poética sobre unos cimientos mentales deslavazados.
Una poesía bien cimentada tiene la capacidad de guardar aquellos tesoros mentales que conviene preservar.
Los hombres y mujeres que viven en este mundo se valen de la obra de arte para guardar en ella las joyas más valiosas de pensamiento humano.


