El
límite de los olivos es preciso y rotundo, al otro lado guisan con manteca y este
lado utilizamos el aceite de oliva.
A
este lado, con trampas y engaños, vamos evolucionando tan mal como lo hacen los
del otro lado.
Estos
árboles de troncos retorcidos, que parecen condensar la mala baba cósmica, me
ocultan el mundo de la mantequilla, aquel que convinimos en llamar “bárbaro”,
un mundo cercano donde se escuchan las Partitas de Johann Sebastian Bach y en el que la
ética se hizo sinfonía.
A
este lado están mis poetas, la 'terribilità' del Buonarroti y la perfección de
Dodecaneso. Aquí encuentro la única evolución que puedo comprender, la que empezó
en las aguas de sal exaltada.
A orillas de este mar tan nuestro entono el mea culpa, a sabiendas que más allá del
límite de los olivos hay unas porcelanas delicadas y unos calígrafos que
utilizan pinceles de distintos grosores.
A
este lado levanto la copa intacta de Horacio y con Dante puedo llegar a
imaginar una alta fantasía donde el amor mueve el sol y las otras estrellas.
Más
allá, me espera la princesa de Tarabulus, que desde la torre del castillo agita
su pañuelo y me saluda, mientras yo, aquí, siento el mármol frío de la Victoria
de Samotracia.



