Movimiento
continuo (1935). Rene Magritte
A veces avanzamos un poco y a veces retrocedemos a gran velocidad. Vivimos en un continuo ajetreo y aunque sea yendo para atrás, no paramos, somos adictos al
movimiento continuo.
Lo que puede parecer un cambio constante resulta que es bien poca cosa pues, hacia adelante o hacia atrás, el paisaje siempre es el mismo.
Nos
toca vivir tiempos de cambio, como siempre. El trajín incomoda, pero hay que
aceptarlo, y no nos queda otro remedio que adaptarnos a la movilidad.
Quizás,
la forma más lúcida de soportar al cambio sea la adaptación continua.
Recuerdo
que cuando empecé a trabajar ya me decían que estábamos en un momento de
cambio, que cambiaban las relaciones comerciales, el trabajo y la cultura. El hombre sabio que me lo decía, mi jefe, que había sido comerciante de carbón,
aseguraba que la inteligencia se demuestra con la capacidad de adaptación, así,
por esta razón, dejó de vender carbón y se hizo distribuidor de gas butano y
añadía que cuando la gente dejara de utilizar el butano vendería otra cosa que calentara.
Aquellas
palabras eran proféticas. El secreto está en encontrar cosas que calienten, ya
sea una friega con aceites de pediluvio o con extractos triples de acacia, iris
o heliotropo, ya sea con buena poesía que estimule la inteligencia y los
sentidos, ya sea con el calor de la amistad y de algún otro producto
calorífico.
Lo malo de todo esto es que algunos creen que una buena forma de calentarse es liarse a tortas.
Lo malo de todo esto es que algunos creen que una buena forma de calentarse es liarse a tortas.

