
Se puso un cinturón de piel y el diseño de su hebilla me hizo reflexionar sobre la vanidad de los diseñadores. La hebilla no era otra cosa que el nombre en letras metálicas, muy grandes, del modisto que diseñó el cinturón. Se trata de uno de estos modistos mediáticos (Moschino) que se prodigan en las pasarelas de la moda, y al que no se le ocurre otra cosa que utilizar su propio apellido como elemento de diseño. Ya existía el precedente del modisto Valentino ponía su nombre estampado en las corbatas.
He imaginado de repente, a uno de estos arquitectos famosos que aparecen fotografiados en los periódicos al lado de los políticos, que proyectaba un gran edificio cuya forma era su nombre, el nombre del arquitecto de campanillas. Podríamos ver la foto de un rascacielos, plantado en medio de la ciudad, en forma de apellido, que se ha proyectado como un alarde de vanidad sin atender a la proporción, a la construcción ni a la utilidad.
Ya hemos visto que hay arquitectos que han proyectado rascacielos en forma de otros atributos de su personalidad.
Además de la presión mediática, el panorama del diseño se encuentra sometido a una presión comercial feroz. Para alimentar la voracidad de la industria, el diseñador debe ir creando obligatoriamente y sin detenerse. La industria exige la producción de edificios y objetos inútiles para sostener el consumo.
Imagino la angustia de aquel diseñador que debe dibujar, por ejemplo, una silla o un cenicero nuevos, de diseño original, y que debe ir repasando todos los diseños de sillas y ceniceros existentes y estimular las neuronas para hacer una pieza diferente, siendo consciente de que los demás ceniceros o sillas ya funcionan bastante bien.
Con un programa así, puede salir el diseño de la pieza más extraña que nos podamos imaginar.
¿A dónde lleva toda esta apuesta estéril?
Aquí la creación artística no se sostiene por ninguna otra razón que no sea el puro interés económico. Ni ética, ni estética, ni siquiera, pura necesidad humana.







