Hieronymus Bosch (1510)
La tierra parece que esté
endiablada, la Naturaleza es inclemente: volcanes, inundaciones, incendios…, además,
un maldito virus, que todavía no sabemos de qué pie calza, oculta sonrisas. Todos
juntos nos hacen la vida casi imposible. Ahora se avecina, además, un peligro
por la escasez de primeras materias para acabar de complicar el panorama.
En medio de todo esto, como siempre,
aparece algún charlatán iluminado que nos promete una Arcadia feliz. Nos
asegura que, al margen de cualquier infortunio global, viviremos en un país en
el que todo será mejor. Nos dice que las madres tendrán más leche y que las
fuerzas del orden público repartirán caramelos veganos con sabor a libertad. (algunos
creen que la libertad es el poliamor,
la hamburguesa de tofú y el aprobado general de todas las asignaturas).
Nos dice el charlatán que habrá
que sortear las trampas que han puesto los demás. Asegura que para llegar a la tierra
galante de la ilusión deberemos sacrificarnos y sonreír y que nuestro esfuerzo
nos hará más fuertes y libres.
Después de tanta mandanga de
palabrejas y de tanta sonrisa de parvulario, mientras la tierra ruge, los
volcanes sueltan lava, las riadas se lo llevan todo por delante, el fuego
arrasa bosques y los virus mutan y matan, nos encontraremos unos peñascos calcinados
por donde treparán las cabras, una tierra donde las abejas zumbarán entre
arbustillos, donde los sueños salvadores serán el recuerdo de una pesadilla y
donde las esperanzas de los bobalicones quedarán reducidas a algunas sombras raquíticas.
Sin esperar a que la Arcadia
feliz dé sus frutos, oteando el horizonte del engaño, divisamos que la utopía
anhelada es solamente el ardid y la astucia de alguno de estos salvadores que
transportan el hueso de su espalda con la ayuda de los inocentes que sonríen.
Sabemos que Citerea es una
tierra baldía y muy pequeñita, tan pequeñita como la República del Deseo.