Hablar
de la producción artística actual en Cataluña es el relato de una ausencia o,
para ser más precisos, la crónica de un destierro programado.
Puede
ser que el deslumbramiento producido por la modernidad pasada haya dejado
nuestra percepción un tanto maltrecha y, así las cosas, y con una nostalgia
enfermiza, no alcancemos a ver nada. Pero no, este no es el caso. No se trata
de cargar sobre nuestra percepción la inexistencia de nuevas propuestas
artísticas ni nos culpemos por no saber apreciar lo que “hacen” los
responsables de las instituciones culturales o los directores de los museos.
Sencillamente, no hacen nada y, por lo tanto, nada podemos ver.
Artísticamente,
hoy Cataluña, y en concreto Barcelona, es una tierra baldía. Donde hubo
inquietud, entusiasmo y apuestas arriesgadas de modernidad, encontramos
actualmente mucha desgana, desidia, poca imaginación artística y una gran
incompetencia institucional. En este páramo tristón pululan vanidades de
poetastros, algunos arquitectos de campanillas y artistas plásticos que
confunden el arte con un panfleto. Sistemáticamente asistimos a la sustitución perniciosa
de las ideas artísticas por unas ideologías rancias y sensibleras.
Por
todo el territorio se extiende un erial artístico y cultural por el que
transitan los tractores. No hay propuestas artísticas ni en la capital ni en el
Vallès ni en el Empordà, nada en las Terres de l’Ebre, ni en el Segrià. Los
conceptualistas de Granollers o los Gallot desaparecieron, como desaparece
cualquier movimiento artístico, y sabemos por la historia del arte, que tras la
desaparición de una corriente artística surgen nuevas propuestas, pero aquí, en
este país pequeño, tan ufano, no ha aparecido nada más.
Y
del Tibidabo al mar, en esta Barcelona de la modernidad y el diseño, hoy, el
silencio creativo es absoluto, solo se escucha el ruido de la mezquindad de
algunos gestores culturales frívolos que no hacen más que procurarse su modus vivendi al calor de unas instituciones
ocupadas en imaginar una Arcadia feliz, donde los artistas ya no protestarán y
los poetas callarán de puro muermo. Pero el puro muermo ya está aquí, ha
llegado antes que la Arcadia feliz.
Qué
se ha hecho de Arts Santa Mònica, qué sentido de la modernidad tienen los
responsables del MACBA, qué interés tienen las propuestas que nos hace la
Virreina, qué pasa con la Fundación Tàpies, por qué la Fundació Miró va
perdiendo visitantes…, todo este panorama es mohíno, deplorable.
Barcelona ha muerto de
éxito. Esta es la frase recurrente que hemos
escuchado o leído en los medios de comunicación. En efecto, la notoriedad de
Barcelona le viene dada por su climatología y su situación geográfica, sí, pero
sobre todo ha sido su cultura, su cosmopolitismo y sus apuestas artística
siempre avanzadas, las que han contribuido con más vigor a colocar la ciudad en
el mundo. Gracias al afán creativo de sus artistas, esta ciudad ha sido un faro
de modernidad cuya luz a traspasado fronteras. No hay límites fronterizos para
el arte y colocar fronteras es provincianismo agreste.
Pero,
aquella modernidad que Barcelona abanderó se ha convertido en un recuerdo que
poco a poco se ha ido erosionando por el embate de la mediocridad. Aquel faro
dejó de iluminar, aquella admiración o envidia, a veces sanas, o a veces
funestas, que provocaba el arte moderno de Cataluña se ha tornado en lamento de
algunos y desprecio de otros. Más de una vez he escuchado, fuera de Cataluña,
comentarios tristes y preguntas capciosas: ¿dónde quedó la Barcelona mundana
abierta a todas las vanguardias artísticas internacionales?, ¿por qué todo es
tan triste en paisaje museístico de Barcelona?, ¿qué pasa en los museos de
Granollers, Sabadell, Mataró, Reus, Lleida? y los artistas de talla
internacional, ¿dónde están?
Omito,
por un momento, la situación nefasta de las instituciones y me centro en la
producción artística en sí. Aquí, lo que vemos es que cada cual, artistas y
gestores, construye un argumento presuntuoso -su argumento- y sobre su guion
particular elaboran sus propuestas, ya sea en forma de pintura, de escultura, de
video-art, de instalación o de performance. Los argumentos elegidos para
construir el petulante edificio particular son pequeñas anécdotas que no
aguantan ningún discurso formal serio y comprometido (dejo la música aparte ya
que requiere un capítulo prolijo y lleno de matices).
En
el arte que actualmente se produce en Cataluña, comprobamos cómo la reflexión
formal se supedita al argumento, la expresión artística queda por debajo del
asunto.
En
el caso de los artistas, el argumento es una aproximación servil a los temas de
moda, aquellos problemas que los medios de comunicación repiten constantemente:
corrupción política, lucha por los derechos de las minorías, violencia de
género, cambio climático, etc. Sí, todos ellos importantes, pero su resolución
corresponde a los gobernantes, pero no a los artistas. Estos pueden expresar su
inquietud o pueden, incluso, gritar con el pincel en la mano, con el verso o
con el martillo y el escoplo, pero no adjetivar su creación con titulares de
prensa.
Con
los argumentos de fondo, los creadores elaboran un discurso artístico que
atiende más al relato que a la forma, pero -no lo olvidemos nunca- la expresión
formal es la verdadera sustancia del arte. Así, pues, si sustraemos la forma de
la realidad, esta queda reducida a puro dato. La realidad se convierte en un
conjunto de datos que pueden expresarse en una hoja de cálculo, del tipo Excel o cualquier otro esquema
matricial, pero las hojas de cálculo o las matrices no tienen nada que ver con
la expresión artística. Los conjuntos de datos amorfos levantan sospechas: el
dato siempre es más manejable y más controlable por el poder establecido.
Llego
a pensar, pues, que hoy resulta más intelectualmente subversivo leer una elegía
de Rilke o contemplar un Chagall que soportar una perorata cultural o
reivindicativa de uno de esos artistas que, arrimados al poder, opinan sobre
política.
La
modernidad no es otra cosa que la transformación constante. Cuando todo está
quieto, nada se transforma y las ideas quedan anquilosadas y con ellas la
acción artística. Viendo tanta quietud, lamento la pérdida de la modernidad, el
entusiasmo y el ímpetu creativo de nuestros artistas.
En
el caso de los gestores culturales ocurre algo parecido. Supeditan la
programación de actividades al relato ideológico circunstancial, es decir,
condicionan la gestión artística a la idea política circulante.
El
arte actual, como las ideologías, flota sobre un estado líquido. Nada se
consolida, lo que navega sobre la cresta de las olas, al cabo de un momento es
engullido por la turbulencia del espectáculo de las luces de neón y la mediocridad.
Sí, pero en el caso del arte en Cataluña, las aguas están estancadas y ya
sabemos que las aguas quietas se pueblan enseguida de bichos inmundos, protozoos,
renacuajos, mosquitos, inhiestas aneas y un sinfín de gusarapos. En
la ciénaga, cada bicho elabora el relato de sus manías y deposita “su arte” donde
el gestor de turno le deja. Frívolas deposiciones en forma de imágenes
fugitivas y mensajes cortitos.
El
artista y muy especialmente el gestor, bien pagado por las instituciones,
padecen el síndrome de la frivolidad. No se trata de una dolencia pasajera, es
una enfermedad en toda regla y muy extendida. Es una epidemia que recorre desde
las instituciones hasta los medios, y está afectando gravemente a la
ciudadanía.
Por otra parte, inmersos en la frivolidad de los medios de comunicación, y
atendiendo a la recomendación de los responsables culturales, ya no se
necesitan ni los artistas ni los escritores, ya no hacen falta historiadores ni
pensadores, sólo personajes mediáticos modernos, muy modernos, capaces de
soltar una memez frívola para provocar la risotada innovadora.
Los nuevos gestores culturales parten del supuesto de que el receptor es un
ser privado de conocimiento al que le cuesta asimilar su modernez. Están convencidos
de que mediante la broma y el chiste fácil nos meterán el arte en las neuronas;
pero resulta que lo que nos meterán será su cultura de la tontería supina.
No digo que la ligereza o la risa no formen parte de la cultura, pero hacer
de la frivolidad una forma de transmisión de la cultura es una majadería
reaccionaria.
Artísticamente el panorama es desolador. En este erial encontramos
semblantes inanes y otras cosas: confusión ideológica, incoherencia formal, pérdida
de modernidad, mala gestión de las estructuras culturales, espectáculo
mediático y frivolidad.
Me pregunto si este es el signo de los tiempos o se trata de un aspecto más
de la deriva hacia el provincianismo campestre que sufre este territorio donde,
finalmente y perdida toda voluntad de arte, las vacas de Mollerusa podrán
pastar libremente.