viernes, 15 de marzo de 2019

Capitel

Capitel -dibujo grafito y tinta china- Francesc Cornadó

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Cuanto más me acerco a la columna
más heroicas me parecen sus estrías,
su tamaño se agranda
tanto como empequeñece
el rostro de los héroes
cuando se contemplan de cerca.

domingo, 10 de marzo de 2019

Conquista de la simplicidad



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La Fundació Joan Miró está en la montaña de Montjuïc de Barcelona muy cerca del Pabellón de Alemania diseñado por Lilly Reich y Mies van der Rohe para la Exposición Internacional de Barcelona de 1929.

Miró y Lilly Reich/Mies van der Rohe despojaron de su obra todo lastre innecesario.

La simplicidad más noble acercó al pintor y los arquitectos.

miércoles, 6 de marzo de 2019

¿Dónde está el arte hoy en Cataluña?



Hablar de la producción artística actual en Cataluña es el relato de una ausencia o, para ser más precisos, la crónica de un destierro programado.

Puede ser que el deslumbramiento producido por la modernidad pasada haya dejado nuestra percepción un tanto maltrecha y, así las cosas, y con una nostalgia enfermiza, no alcancemos a ver nada. Pero no, este no es el caso. No se trata de cargar sobre nuestra percepción la inexistencia de nuevas propuestas artísticas ni nos culpemos por no saber apreciar lo que “hacen” los responsables de las instituciones culturales o los directores de los museos. Sencillamente, no hacen nada y, por lo tanto, nada podemos ver.

Artísticamente, hoy Cataluña, y en concreto Barcelona, es una tierra baldía. Donde hubo inquietud, entusiasmo y apuestas arriesgadas de modernidad, encontramos actualmente mucha desgana, desidia, poca imaginación artística y una gran incompetencia institucional. En este páramo tristón pululan vanidades de poetastros, algunos arquitectos de campanillas y artistas plásticos que confunden el arte con un panfleto. Sistemáticamente asistimos a la sustitución perniciosa de las ideas artísticas por unas ideologías rancias y sensibleras.

Por todo el territorio se extiende un erial artístico y cultural por el que transitan los tractores. No hay propuestas artísticas ni en la capital ni en el Vallès ni en el Empordà, nada en las Terres de l’Ebre, ni en el Segrià. Los conceptualistas de Granollers o los Gallot desaparecieron, como desaparece cualquier movimiento artístico, y sabemos por la historia del arte, que tras la desaparición de una corriente artística surgen nuevas propuestas, pero aquí, en este país pequeño, tan ufano, no ha aparecido nada más.

Y del Tibidabo al mar, en esta Barcelona de la modernidad y el diseño, hoy, el silencio creativo es absoluto, solo se escucha el ruido de la mezquindad de algunos gestores culturales frívolos que no hacen más que procurarse su modus vivendi al calor de unas instituciones ocupadas en imaginar una Arcadia feliz, donde los artistas ya no protestarán y los poetas callarán de puro muermo. Pero el puro muermo ya está aquí, ha llegado antes que la Arcadia feliz.



Qué se ha hecho de Arts Santa Mònica, qué sentido de la modernidad tienen los responsables del MACBA, qué interés tienen las propuestas que nos hace la Virreina, qué pasa con la Fundación Tàpies, por qué la Fundació Miró va perdiendo visitantes…, todo este panorama es mohíno, deplorable.

Barcelona ha muerto de éxito. Esta es la frase recurrente que hemos escuchado o leído en los medios de comunicación. En efecto, la notoriedad de Barcelona le viene dada por su climatología y su situación geográfica, sí, pero sobre todo ha sido su cultura, su cosmopolitismo y sus apuestas artística siempre avanzadas, las que han contribuido con más vigor a colocar la ciudad en el mundo. Gracias al afán creativo de sus artistas, esta ciudad ha sido un faro de modernidad cuya luz a traspasado fronteras. No hay límites fronterizos para el arte y colocar fronteras es provincianismo agreste.

Pero, aquella modernidad que Barcelona abanderó se ha convertido en un recuerdo que poco a poco se ha ido erosionando por el embate de la mediocridad. Aquel faro dejó de iluminar, aquella admiración o envidia, a veces sanas, o a veces funestas, que provocaba el arte moderno de Cataluña se ha tornado en lamento de algunos y desprecio de otros. Más de una vez he escuchado, fuera de Cataluña, comentarios tristes y preguntas capciosas: ¿dónde quedó la Barcelona mundana abierta a todas las vanguardias artísticas internacionales?, ¿por qué todo es tan triste en paisaje museístico de Barcelona?, ¿qué pasa en los museos de Granollers, Sabadell, Mataró, Reus, Lleida? y los artistas de talla internacional, ¿dónde están?

Omito, por un momento, la situación nefasta de las instituciones y me centro en la producción artística en sí. Aquí, lo que vemos es que cada cual, artistas y gestores, construye un argumento presuntuoso -su argumento- y sobre su guion particular elaboran sus propuestas, ya sea en forma de pintura, de escultura, de video-art, de instalación o de performance. Los argumentos elegidos para construir el petulante edificio particular son pequeñas anécdotas que no aguantan ningún discurso formal serio y comprometido (dejo la música aparte ya que requiere un capítulo prolijo y lleno de matices).

En el arte que actualmente se produce en Cataluña, comprobamos cómo la reflexión formal se supedita al argumento, la expresión artística queda por debajo del asunto.

En el caso de los artistas, el argumento es una aproximación servil a los temas de moda, aquellos problemas que los medios de comunicación repiten constantemente: corrupción política, lucha por los derechos de las minorías, violencia de género, cambio climático, etc. Sí, todos ellos importantes, pero su resolución corresponde a los gobernantes, pero no a los artistas. Estos pueden expresar su inquietud o pueden, incluso, gritar con el pincel en la mano, con el verso o con el martillo y el escoplo, pero no adjetivar su creación con titulares de prensa.

Con los argumentos de fondo, los creadores elaboran un discurso artístico que atiende más al relato que a la forma, pero -no lo olvidemos nunca- la expresión formal es la verdadera sustancia del arte. Así, pues, si sustraemos la forma de la realidad, esta queda reducida a puro dato. La realidad se convierte en un conjunto de datos que pueden expresarse en una hoja de cálculo, del tipo Excel o cualquier otro esquema matricial, pero las hojas de cálculo o las matrices no tienen nada que ver con la expresión artística. Los conjuntos de datos amorfos levantan sospechas: el dato siempre es más manejable y más controlable por el poder establecido.

Llego a pensar, pues, que hoy resulta más intelectualmente subversivo leer una elegía de Rilke o contemplar un Chagall que soportar una perorata cultural o reivindicativa de uno de esos artistas que, arrimados al poder, opinan sobre política.

La modernidad no es otra cosa que la transformación constante. Cuando todo está quieto, nada se transforma y las ideas quedan anquilosadas y con ellas la acción artística. Viendo tanta quietud, lamento la pérdida de la modernidad, el entusiasmo y el ímpetu creativo de nuestros artistas.

En el caso de los gestores culturales ocurre algo parecido. Supeditan la programación de actividades al relato ideológico circunstancial, es decir, condicionan la gestión artística a la idea política circulante.
El arte actual, como las ideologías, flota sobre un estado líquido. Nada se consolida, lo que navega sobre la cresta de las olas, al cabo de un momento es engullido por la turbulencia del espectáculo de las luces de neón y la mediocridad. Sí, pero en el caso del arte en Cataluña, las aguas están estancadas y ya sabemos que las aguas quietas se pueblan enseguida de bichos inmundos, protozoos, renacuajos, mosquitos, inhiestas aneas y un sinfín de gusarapos. En la ciénaga, cada bicho elabora el relato de sus manías y deposita “su arte” donde el gestor de turno le deja. Frívolas deposiciones en forma de imágenes fugitivas y mensajes cortitos.

El artista y muy especialmente el gestor, bien pagado por las instituciones, padecen el síndrome de la frivolidad. No se trata de una dolencia pasajera, es una enfermedad en toda regla y muy extendida. Es una epidemia que recorre desde las instituciones hasta los medios, y está afectando gravemente a la ciudadanía.

Por otra parte, inmersos en la frivolidad de los medios de comunicación, y atendiendo a la recomendación de los responsables culturales, ya no se necesitan ni los artistas ni los escritores, ya no hacen falta historiadores ni pensadores, sólo personajes mediáticos modernos, muy modernos, capaces de soltar una memez frívola para provocar la risotada innovadora.

Los nuevos gestores culturales parten del supuesto de que el receptor es un ser privado de conocimiento al que le cuesta asimilar su modernez. Están convencidos de que mediante la broma y el chiste fácil nos meterán el arte en las neuronas; pero resulta que lo que nos meterán será su cultura de la tontería supina.

No digo que la ligereza o la risa no formen parte de la cultura, pero hacer de la frivolidad una forma de transmisión de la cultura es una majadería reaccionaria.

Artísticamente el panorama es desolador. En este erial encontramos semblantes inanes y otras cosas: confusión ideológica, incoherencia formal, pérdida de modernidad, mala gestión de las estructuras culturales, espectáculo mediático y frivolidad.

Me pregunto si este es el signo de los tiempos o se trata de un aspecto más de la deriva hacia el provincianismo campestre que sufre este territorio donde, finalmente y perdida toda voluntad de arte, las vacas de Mollerusa podrán pastar libremente.