jueves, 8 de junio de 2017

Ver las cosas desde abajo. Puntos de vista


Monumento al general Espartero (detalle)
Escultura de Pablo Gibert Roig

En la asignatura de dibujo, cuando estudiábamos la perspectiva, el profesor nos insistía en la importancia que tiene la elección del punto de vista. Conviene –decía–  elegir perfectamente el ángulo de visión; la altura y la distancia deben ser adecuados, de tal manera que se pueda representar el objeto dibujado con toda precisión.

La perspectiva es la forma más rigurosa de representación de la realidad. La que se asemeja más a la percepción del ojo humano. Las reglas geométricas de la perspectiva son de precisión matemática.

La elección del punto de vista se debe hacer con un criterio minucioso tal que nos permita obtener la mejor representación posible de los objetos o figuras.

Quienes colocan el punto de vista muy cerca del objeto pierden la visión general de la realidad, su mirada es provinciana y localista. Por otra parte, aquellos que ponen el punto de vista muy lejos no se enteran de la riqueza del detalle y esto hace que su valoración de las cosas sea difusa.

Situar el punto de vista demasiado alto es propio de aquellos que observan la realidad planeando por encima de ella, ahí están los vanidosos, los engreídos y todos aquellos que se creen que están por encima de los demás.

Quienes colocan el punto de vista muy abajo se pierden la panorámica y la visión general, se pierden en el detalle, en este caso, el detalle adquiere una importancia desproporcionada a veces grotesca y casi siempre indecorosa, no hay que ver más que el toro de Osborne o el caballo de Espatero contemplados desde abajo.

La elección del punto de vista, es también indispensable en política. Hay políticos que ven las cosas de forma provinciana, se creen que su país es un corralillo con unos conejos y unos cerdos mansos. Otros, aquellos que contemplan la realidad desde lejos, no se enteran de nada. Hay políticos que se sitúan por encima de los demás y están convencidos que a ellos, y solo a ellos, les está permitido volar sobre los votantes a quienes consideran unos ineptos desgraciados. Y por fin, nos encontramos con el irresponsable político que solo se preocupa de las partes bajas y de sacar provecho de cualquier colgajo que pende de forma indecorosa de la realidad objetiva.


martes, 6 de junio de 2017

Pedantería y temblor



Fresco de la Sala dei Giganti en el Palazzo Tè de Mantua, 
Giulio Romano y Rinaldo Mantovano (1528-1533)

Después de un periodo simbolista, cuando se produce un acercamiento a la razón, aflora la vanagloria. Naturalmente esto ocurre sin que medie una reflexión sobre la razón misma y sobre su objeto.

Lo vemos en el arte: un desplazamiento del centro de atención, generalmente de un símbolo a un objeto o cuerpo vivo (puede ocurrir que este cuerpo solo sea un “cuerpo enamorado”).

La pedantería va acompañada de un cierto temblor que apenas se aprecia en el rictus del pedante, pero que el arte lo pone de manifiesto, ya sea con una abundancia de brillos o con la exageración del contraste luminoso, ahí están las arquetas de metales repujados o los vitrales de los rosetones.

El temblor se hace más intenso cuando la razón se detiene ante el argumentum ad verecundiam, una forma de falacia mórbida incapaz de soportar solicitaciones naturales.

¿Qué sentido puede tener una especulación racional que mantenga como principio una entidad no mesurable?

El símbolo es ingrávido, flota como sustancia espiritual, no se puede medir ni razonar sobre él. La razón requiere mesura.

El arte simbólico atrae, presenta un misterio que muchas veces es algo exótico y otras veces provoca una atracción que a algunos los llega a zarandear. Con todo esto vamos pasando, también la realidad zarandea al más pintado que sobrevive entre temblores y gravidez.
El temblor de Basilea de 1356. Karl Jauslin (1842-1904)

viernes, 2 de junio de 2017

Robinet Testard



La Muerte y la lucha de dos hombres contra un centauro. Del libro de las horas de Carlos de Angulema


Robinet Testard (1470–1531) fue un gran ilustrador de manuscritos. Aunque su actividad artística se desarrolló en pleno periodo renacentista, su obra es claramente medieval, gótica, simbolista y dogmática. 
Fue un anacrónico convencido.
 
Se complace con imágenes alegóricas. Sin caer en el tenebrismo, su iconografía es siniestra y macabra.

Cabe destacar el detallismo de sus trazados que nos acercan al dibujo científico de botánicos o zoólogos que ilustraron tantos tratados científicos de finales del XVIII.



 

martes, 30 de mayo de 2017

La Sagrada Familia, un proceso



La obra de la Sagrada Familia de Gaudí es una construcción en proceso.

Se va levantando, el proceso continúa, aunque gran parte de la población esté en contra de que se edifique la obra.

Es un proceso que se construye sin permiso y sin que exista un proyecto global definido. Se edifica sobre una ilusión imaginada: aquello que algunos creen que el arquitecto tenía en la cabeza.

Es un proceso constructivo anacrónico, ilusionado y delirante. Hoy nadie cree en este tipo de construcciones y todos sabemos que sobre una ilusión es imposible la estabilidad de las cosas y de las casas. La resistencia de los materiales poco tiene que ver con los delirios.

La Sagrada Familia fue la idea de un soñador y hoy es una admiración pastoril de los hijos de una tierra que tienen las mejillas sonrosadas y que de vez en cuando les gusta ir de excursión en autocar a visitar el “cap i casal” y desplegar, si conviene, alguna pancarta.

La Sagrada Familia es una masa petrificada, una quimera, una alienación poblada de grutescos. Tiene la estética de un castillo encantado, de una mona de pascua o de una casita de la bruja. La Sagrada Familia es la ilusión de una épica nacional. Una mampostería de dragones medievales.

El proceso edificatorio es un amontonamiento de piedras cuya idea espacial es arrogante y envanecida. Siempre el poder, arrogante y envanecido, es quien decide cuándo y cómo deben amontonarse las piedras y los que no mandan nada son los que acarrean los pedruscos.

La continuación de la obra de la Sagrada Familia es un “proceso” de autocomplacencia.

Su construcción es irracional, se nutre de un ideal romántico, no sigue ningún ordo geometricus. Es un desorden de masas, es el contenedor de una religiosidad trasnochada. Es un templo expiatorio que se ha convertido en un icono turístico.

Es una arquitectura de extremos místicos y de enajenación política.

La arquitectura siempre ha sido el signo de los tiempos.

La financiación del proceso constructivo requiere cuestaciones, aportaciones voluntarias, asignaciones presupuestarias y el óbolo de muchos papanatas que están dispuestos a pagar por un disparate o por el delirio de autocomplacencia de un pueblo que se cree que es más que los demás.

La Sagrada Familia es una arquitectura de tedio vital exacerbado, la muerte de Sardanápolo o la lucha de Hernani. Ironía cínica en tiempos de autocomplacencia, una mueca de sillares y engaño.