Desde las Highlands de
Escocia, hasta la desembocadura del Támesis, por lo largo y ancho de la isla
británica, el empirismo se extendió entre las nieblas.
Los pueblos anglosajones ponían
énfasis en la experiencia sensible. Junto a la chimenea, en el silencio de las
sensaciones, desarrollaron una psicología del arte que defendía la subjetividad
del gusto.
Para los británicos, la
belleza no es inherente a las cosas, sino que se halla en la mente humana, que
la interpreta según su criterio personal. Esta relatividad estética parece
haberse prolongado hasta nuestros días.
Con este relativismo a
cuestas, el sabio Hobbes, otorgó a la imaginación un sentido decadente; según este
empirista la imaginación es lo que persiste en la memoria después de que hayan
pasado los estímulos sensoriales, yo más bien diría que esto no es otra cosa
que un recuerdo estético, pero para Hobbes se trata de una promesa al tiempo
que afirma que la belleza es “todo aquello que con su aspecto nos promete el
bien”
Así las cosas, creo ver en
las tesis de Hobbes un anticipo del puritanismo victoriano.
Después de Hobbes, vinieron
Hume con sus criterios sobre el gusto; Addison con los placeres de la
imaginación; Hutcheson con sus indagaciones sobre el origen de la belleza y la
virtud; y de ahí, vuelta al neoplatonismo con las elucubraciones del conde de
Shaftesbury que igual que Ficino decía que la belleza es el primer paso del
amor.
Pensaron demasiado para
llegar a lo mismo. Contemplando la niebla, disfrutaron muy poco y la música se
resintió de ello.
Antes hubo una tradición
coral anglicana con Thomas Talls, John Taverner y William Byrd hasta llegar a
Henry Purcell, éste se lo comió todo y no dejó nada para los demás. Para los
que le sucedieron.
La música de este extraordinario
compositor barroco se cernió como una llovizna suave sobre las tierras, desde las
Highlands de Escocia hasta la desembocadura del Támesis, y aquella isla quedó
inundada con la música de Purcell y después de él, casi nada más.
Inglaterra fue un país sin
música. No fue hasta finales el s. XIX, pasado el empirismo, el industrialismo
y el orgullo petulante del puritanismo que no volvieron a brotar armonías o
melodías sobre las tierras que se extendían desde las Highlands de Escocia hasta
la desembocadura del Támesis.