sábado, 13 de abril de 2019

No me fío de Rousseau



Creo que Rousseau es una buena lectura para adolescentes que luego imperiosamente deberán ejercitarse en las ciencias o en el arte de la esgrima.

J.J. Rousseau asegura que el ser humano lleva la bondad en la masa de su sangre. Dice que nacemos siendo buenos y que luego, la civilización nos hace malos. Somos salvajes al nacer, aún no conocemos la educación. El buen salvaje es, según Rousseau, el ser primitivo que aún no ha conocido el mal.

¡Ay, amigos, los conceptos de bondad y maldad, cuán cuestionados están!, ya desde antes del ingenuo Rousseau se cuestionaban. ¿No leyó, Rousseau, a los insignes Cicerón, Séneca o Maquiavelo?

El buen salvaje no existe, idiota. El buen salvaje, señor Rousseau, aquel que viene de fábrica con la bondad impregnada en su corazón, no existe. Yo, señor Rousseau, pienso más en los lobos.

Sea lobo o cándida paloma, el animal que llevamos dentro hay que domesticarlo para que podamos vivir juntos y de la domesticación se encarga la cultura. Cuanto mejor y mayor sea la cultura de un individuo, menor será su grado de salvajismo. El conocimiento y las leyes son los instrumentos que sirven para la doma. Moderan, educan, pulen y hacen, en definitiva, que podamos vivir en paz.

Los niños, antes de que conozcan la “civilización” ya se pelean por la pelota. En su espíritu están el acomodo y la voluntad de poseer y si no consiguen lo que quieren, gritan y patalean. La antropología nos ha mostrado cómo la violencia forma parte de distintas formas de estructuras sociales y en algunos pueblos la violencia está en la base de las relaciones familiares.

La existencia de una bondad o espiritualidad originarias es una entelequia cuyo convencimiento sirve para justificar no sé qué. No creo en las sustancias espirituales primigenias y viendo las tropelías que comenten los buenos salvajes, sólo aspiro a tener la espiritualidad de un zapato, con esto me conformo.

Me resulta casi imposible suponer bondades innatas, no creo en lo que no veo, en lo que lo que está en el interior, a no ser que aparezca un Buonarroti y haga emerger la belleza del bloque de mármol, pero de Michelangelo nace uno cada mil años.

No espero nada del hombre y creo que si profundizáramos en su interior nos encontraríamos con las mismas miserias de siempre. Me preocupa la preservación de la belleza que el ser humano es capaz de crear gracias a su conocimiento adquirido, mientras tanto continuo con este empirismo que me descubre cómo es la naturaleza, aunque tampoco me fio de ella porque es inclemente como un dios antiguo.

Rousseau era un iluso humanista que cuando quería robar, robaba, y así lo manifiesta en su Contrato Social, pues, según él, el hombre es bueno por naturaleza.

miércoles, 10 de abril de 2019

El arco más feo de Barcelona




Quizás el trabajo de forja se podría salvar, pero la puerta principal del edificio de La Balmesiana es un auténtico desaguisado de composición arquitectónica: un arco de medio punto con archivoltas queda aplastado por unas dovelas muy desproporcionadas que convierten el medio punto en un arco gótico discordante que se remata con un guardapolvo de molduras esmirriadas.  Parece que el gótico quiera imponerse sobre la razón del arco renacentista.

El arco más feo de Barcelona se encuentra en una fachada que no le va a la zaga en cuanto a fealdad se refiere. El edificio de La Balmesiana data de 1919-1923 y fue ampliado en los años 1928-1940. Fue proyectado por Rubió i Bellver, discípulo de Gaudí, autor del puente gótico de la calle del Bisbe y de la Casa Golferichs que parece una casita de chocolate.

El edificio alberga la Fundación Balmesiana que es una institución eclesiástica dedicada a la difusión de la cultura católica en general y del ideario del filósofo y teólogo Jaume Balmes.



En la composición de la fachada de La Balmesiana, Rubió i Bellver se empeña en establecer un diálogo entre el románico y el gótico. Aparecen ventanas triforadas de varios tipos y dimensiones. En el mismo plano de fachada encontramos otras ventanas rectangulares, hay también balcones y huecos circulares y todo el conjunto se corona con un dislate de almenas a distintos niveles.


El diálogo entre los estilos medievalistas de Rubió i Bellver tiene lugar en una Cataluña obsesionada por hallar un pasado heroico de guerreros, dragones y condes reyes. Un diálogo arquitectónico anacrónico en una ciudad que se agitaba con viveza y acogía las más avanzadas formas del Movimiento Moderno.

Cuando el arquitecto de La Balmesiana dibujaba almenas y arcos góticos, en Barcelona se escuchaban las partituras dodecafónicas de Schönberg o La Consagración de la Primavera de Igor Stravinsky y el cubismo de Picasso o de Juan Gris se exponía en las salas de la Ciudad Condal.

La arquitectura suele expresar la cultura de una sociedad en un tiempo y un espacio determinados. Hay edificios, sin embargo, que se levantan de forma extemporánea. El edificio de La Balmesiana nació trasnochado y alberga unas ideas trasnochadas. No hace falta franquear el arco más feo de Barcelona para darse cuenta de ello.

sábado, 6 de abril de 2019

Desiertos


Josep Royo -tapiz-

Eriales donde todo es casi nada.

Las tierras son de deshecho, aglomeraciones de lutitas y detritus geológicos.  Las rocas son casi rocas, montones disgregados de pedruscos y cantos rodados de un mar inexistente, altozanos formados por acumulación de materiales de aluvión. Minas abandonadas. Desiertos que no son desiertos. La vegetación es arbustiva y escasa. Esparto. No hay pastos ni cultivos.

El panorama es desolador. En esta península encontramos paisajes paupérrimos donde unas cabras macilentas mordisquean algún brote humedecido por el rocío.

Desiertos donde las huellas humanas no son más que unos restos de mampostería ordinaria, señas de unos ideales que solo sirvieron para producir desiertos mentales.