La sociedad tiene el arte que se merece.
Dicho así, parece que emule aquella
consabida frase de que una sociedad tiene el gobierno que se merece. En el arte
viene a ocurrir lo mismo, no en balde el arte es la expresión de la realidad que
vivimos. El arte es eufórico o tedioso si hay euforia o tedio en la sociedad y
cuando ésta está obcecada atendiendo unas consignas ideológicas, más o menos
totalitarias, podemos afirmar que el arte está condenado a muerte.
No es extraña la escasez de propuestas
artísticas actuales, me refiero a aquellas que tienen una entidad sólida y suficiente donde pueda
cimentarse el pensamiento estético. Quizás debamos
plantearnos, también, la solidez de los estratos del pensamiento. Probablemente
no sean más que un estado líquido que no permite la cimentación de ninguna
estructura mental.
Hay demasiadas consignas totalitarias en
nuestro entorno, donde la posverdad y el pensamiento único hacen mella en la creación artística.
La tensión entre Apolo y Dionisos parece
haberse reducido a un estado de viscosidad tal que ni moja ni deja de mojar.
Por otra parte, nuestro tiempo es
heredero de un siglo XX que fue de muerte; un dolor y una desolación como jamás
había conocido la humanidad. Con esta herencia nefasta hemos empezado un siglo
XXI donde el auge de la intolerancia asusta al más pintado.
La intolerancia la encontramos en la
calle, se detecta en las familias y entre los compañeros y los medios de
comunicación nos la sirven en directo. El club Bilderberg impone un modelo
global que arrasa con el medio ambiente y perfecciona la explotación.
El artista es sensible a esta maraña
endiablada y, salvo pocas excepciones, lejos de reaccionar como en otros
periodos de la historia, el artista calla, hay muchos que callan y muchos otros
que han quedado adormecidos por la distracción del espectáculo adocenado que
nos ofrecen la televisión, los políticos y los charlatanes de medio pelo.
En una sociedad mercantilizada,
empobrecida y decadente, el arte es mercantilizado y pobre y le quedan pocas
ganas de mostrar la decadencia social, apenas hay reacción. Y lo peor de todo es que la máquina
abstracta del poder tiene la fuerza suficiente para trivializar y comercializar
la protesta y la indignación.
Con frecuencia la indignación se convierte
en espectáculo televisivo y hoy, los medios hablan de arte o de protestas como
quien comenta el “botellón” de unos jóvenes saciados, o de unos viejos
cascarrabias y de unos chulitos de saloncito que debaten en los platós de TV.
“Art is trash” afirman algunos. Se
retiran y se adormecen en la irresponsabilidad mientras confían que los servicios de recogida de basuras retire los restos indeseables y los lleve a un vertedero autorizado.
Es cierto que no todo el arte es basura,
hay unos pocos faros que alumbran una sociedad oscurecida, pero el panorama
artístico general es desolador.
¿Siempre ha sido igual? No, a veces ha
sido peor en lo social, en lo económico o en la política, pero ha sido más
esperanzado y esta esperanza la mostraron los artistas con una creatividad
decadente que reflejaba un endeudamiento o una entrada en una crisis. Pero
cuando se empezaba a salir del hoyo, sus obras esperanzadas, mostraban un arte
vigoroso y optimista.
Entre unas y otras, entre los momentos de
entrada en las crisis y los momentos esperanzados de luces lejanas, encontramos
periodos más o menos largos de negrura y de escasez creativa. Estos periodos
negros los hemos visto desde la caída del Imperio Romano hasta el Renacimiento,
con un arte medieval pobre que duró más de 700 años. Menuda desgracia.
En el Siglo de Oro, época de
endeudamiento a pesar del oro expoliado, floreció un arte barroco que se
sustentaba en el dogma. Menuda miseria ante una ingente belleza.
En el
interbellum del siglo XX nos encontramos un arte alocado, desquiciado,
sucio y que en medio de la suciedad propuso la limpieza con el racionalismo. Una guerra entre las dos grandes guerras.
Tras el triunfo de la modernidad,
llegamos a la Postmodernidad. Sí, una transición nefasta: fue el principio de la
gran mercantilización del arte, con las proclamas del ogro de Tom Wolf y los
yuppies de Wall Street, riendo las gracias de Andy Warhol que ejercía de demiurgo enclenque.
En medio de todo esto, encontramos
naturalmente mentes iluminadas, faltaría más, grandes músicos que han conseguido
evolucionar la atonalidad y nos hablan de arte sonoro, grandes arquitectos
callados que aborrecen el espectáculo, grandes artistas plásticos que indagan,
escritores que hacen de la palabra un instrumento de lucidez intelectual, etc.
Pero, son luces esplendorosas que titilan de dolor.
La evolución hacia la basura no ha llegado a su fin. Convertido en basura, el arte continúa evolucionando. Está ya muy cerca de llegar a la NADA.
Después pueden seguir unos setecientos años de oscuridad. La historia es cíclica.
















