Georgia O´Keffee, Abstracción negra, 1927.
El arrebato místico viene a
ser algo así como un estado espiritual de “alto standing”. Pertenece a la
esfera de la exclusividad, algo que sólo pueden alcanzar algunos seres “tocados”
por el rayo de la gracia o por el éxtasis.
Parece ser que los estados de
misticismo se producen pocas veces en la vida de aquellos que se mortifican y
que andan todo el día a la búsqueda de esta experiencia.
El vocablo mística viene del
verbo griego myein que significa
encerrar y de este verbo deriva el sustantivo mystikós que significa cerrado o misterioso. Ante esto ya me
prevengo, pues bien sabido es que aquello que está encerrado acaba oliendo mal
o queda incomunicado.
No sé si los cuerpos místicos
huelen mal o no, o son simplemente seres etéreos que no tienen sustancia
oliente, el caso es que el espíritu místico queda incomunicado o reduce su
comunicación a una sola dirección, esto es una comunión únicamente con un Ser
Supremo.
Ya sean mujeres u hombres,
artistas, monjas, capellanes o poetas; el caso es que el místico se entera de
muy pocas cosas de lo que acontece en este valle de lágrimas. Sabe muy poco de
los problemas que tiene el hombre común y nada de lo que es humano le afecta.
Así pues, con estas
desafecciones, el artista o poeta místico produce una obra baldía, que, en el
mejor de los casos, no es otra cosa que un compendio de atribuciones estéticas
baldías.
Fenómenos como la bilocación
y los estigmas, creaciones artísticas como las de Blake, Teresa de Cepeda y
Ahumada, el fraile Juan de Yepes Álvarez, la monja Hildegarda o la beata Ángela
de Foligno, o de todos estos artistas que viven sin vivir en sí y que esperan
una alta vida y que dicen que mueren porque no mueren, los atribuyo a probables
intoxicaciones producidas por el cornezuelo de centeno, este hongo
psicotrópico.
Un espíritu místico, pongamos
por caso una monja doctora, puede llegar a creer que, con la locura humana no
se va a ninguna parte y que la imaginación -esa loca- sólo puede producir situaciones desordenadas
que nos apartan del camino recto. La misma monja, en un arrebato encendido en
la oscuridad del sacrificio, puede afirmar que el ingenio es obra del Diablo y,
desconociendo el esfuerzo del hombre común, quietecita entre las paredes de su
celda, proclamar que el trabajo no debe servir para producir nada, sino que
sólo sirve para mayor gloria de Dios.
Esta es la exclusividad del
místico: asociar imaginación con locura, aborrecer el ingenio y decir que los
demás sólo deben trabajar para satisfacer a un Ser Supremo.