lunes, 9 de septiembre de 2013

Comedores



Recuerdo unas placenteras comidas al aire libre, inolvidables, por la suave brisa o por las vistas tranquilas de un mar encalmado, o por el aire perfumado que se filtraba entre los árboles. Memorables por el ambiente exterior a orillas del Duero, o mirando el mar de Torre Valentina, o entre los olivos de Panagia Kerà en Creta o en el vecino jardín de Vilamarí, donde los poetas se reúnen a cenar en la noche de San Juan.  



A pesar de aquellos buenos recuerdos a plein air, siempre he preferido comer en un comedor interior, con paredes pintadas con colores suaves, sin tapices ni barnices; en una sala con poca decoración, sin espejos ni elementos brillantes, donde lo único que brille sean las escamas de una lubina salvaje, la cubertería o las iridiscencias del aceite. Me gusta que la cristalería tenga la transparencia de un día ventoso de invierno y no refleje nada que no sean los comensales o lo que hay encima de la mesa.



Eso de la comida es algo delicado y en el exterior corremos más riesgo de que la cosa se estropee: una racha de viento que se lleve el aroma del rodaballo, un rayo de sol que neutralice el esplendor de una escarola bien aliñada, un nubarrón que oscurezca el color del vino de Borgoña o unos ramajes que con su movimiento puedan distraer el sabor punzante de una buena mostaza de Alsacia.



En todo caso, al aire libre o en un interior, es conveniente cuidar la mantelería evitando los estampados estridentes y seleccionar la compañía, no vaya a ser que a algún comensal le dé por hablar de política, de futbol o de religión.

domingo, 8 de septiembre de 2013

La parada técnica amaina

 
Interrumpo por un momento mi parada técnica, pues los calores amainan y los papeles ya los voy teniendo cada vez más ordenados. Siempre hay algo que comentar y esta pequeña interrupción de la parada me permitirá hacerlo. Así pues voy con mi comentario sobre los juegos y los desenfrenos optimistas, que comento en el "post" siguiente y después del mismo y pasados unos días volveré con la actividad "bloggera".


martes, 2 de julio de 2013

Una parada técnica


Wilhelm-Hack-Museum Ludwigshafen 
Marzo
Autor, Immanuel Giel

Como el año pasado, en julio, paro durante una temporadita la actividad del blog y aprovecho para poner en orden los papeles, tirar a la papelera aquello que no sirve, o sea casi todo, quitar el polvo de los cajones y las estanterías, dejarlo todo vacío, como a mí me gusta, limpito.

Espero que tengáis un verano muy feliz.

lunes, 1 de julio de 2013

Los ojos de Poseidón

Los ojos vacíos de Poseidón ven más allá de las aguas del océano.

domingo, 30 de junio de 2013

Biblioteca Medicea

Escalera de la Biblioteca Laurenciana
Miguel Ángel

Mi sueño florentino.
La escalera más bella del mundo

sábado, 29 de junio de 2013

Tríadas




A la tríada  
libertad - igualdad - fraternidad

Los privilegiados respondieron con otra tríada

persecución - calumnia - desprecio

Pasó el Siglo de las Luces y la luz se apagó, mientras en la oscuridad se desvelaba otra tríada

explotación - corrupción - ignorancia

y los privilegiados continuaron manteniendo sus privilegios, modificando su identidad, vendiendo lo que no es suyo y apropiándose del bien colectivo.

viernes, 28 de junio de 2013

Se han apostado en las capas superiores



Se han apostado en las capas superiores
de la superficie del mercurio,
dispuestos a cambiar las imágenes de la historia,
a resucitar antiguas ciudades y a reverdecer
los jardines de Babilonia.

No es una senda de retorno, tampoco
un viaje al pasado. Es, eso sí,
asomarse por las ventanas de vidrios empañados
y contemplar con ojos de halcón
la aurora y el curso de río morado.

Alejados tanto del sol como de la tierra baldía,
subidos a lo alto de la roca de Sigfrid,
con la fuerza titánica de los ruiseñores,
ponen en orden las claves del pentagrama
y regulan la presión del pedal.

Las paralelas, allende el infinito



Las paralelas, allende el infinito,
se dan la mano, igual que enamorados,
y allí, tan lejos, gentes, puntos y líneas
celebran la fiesta con el dios Baco,

una gran fiesta que no se acaba nunca.
Brossa chaval, te lo imaginas bien,
daifas y asíntotas nos esperan bailando
unos boleros por el camino real.

Claves de sol, y el sol por la ventana
de par en par abierta a los ubérrimos
valles de Arcadia y al torrente de azur.

El pentagrama de arriba a abajo, siete
veces duplicado, en plano horizontal,
como la aurora decente del neolítico.

martes, 25 de junio de 2013

El Renacimiento en España. Una exportación

Retablo de Sant Vicenç de Xàtiva. (fragmento) 1521. Anónimo


Ante la escasez de obras claramente renacentistas, y con el ánimo de llenar este vacío existente en la historia del arte de España, se ha adjudicado el calificativo de renacentista a ciertas obras de arte que no deberían ser consideradas así. Algunas de estas obras no son más que una depuración de “lo flamígero”  y otras son una disolución del espacio en la nebulosa barroca,  las primeras se producen a finales del reinado de los Reyes Católicos  y  las segundas  a finales  del reinado de   Carlos I.

Como no podía ser de otra manera, las influencias italianas se hacían notar. De hecho era lo único que apuntaba un cierto espíritu humanista.  

En España las mentes creativas no estaban por la labor artística. La preocupación intelectual iba por otros derroteros y la preocupación institucional también.

El acoso de la Inquisición era feroz. La representación pictórica se refería sólo a obras de carácter religioso, apenas existía la pintura mitológica, el bodegón, o el retrato. La música era sacra y con una clara función litúrgica, no encontramos música de fiesta o de danza. La arquitectura es sólo religiosa, apenas hallamos obras de tipo civil.

El vendaval, que en Florencia o Roma barrió el temor medieval a la muerte y dio movimiento a las figuras hieráticas bizantinas, aquí sólo fue un vientecillo que sopló apenas unos lustros.

El escaso espíritu renacentista se movía al margen del mundo universitario. La actividad en las universidades era monotemática. Sus cátedras padecían un frío secular que se combatía con el ardor y la vehemencia de las discusiones doctrinales de los hombres de letras, éstos llegaban, muchas veces, a la bronca y a la agresión.

Mientras en Europa, y especialmente en Italia, se reflexionaba sobre la búsqueda de la belleza y se situaba al hombre como centro de toda especulación, nuestros intelectuales se debatían entre la escolástica y la exégesis bíblica.

Agustinos y dominicos, escriturianos y teólogos pugnaban por ver quien se llevaba el dogma a su molino. Como arbitro del combate, vigilante y con el crucifijo en alto, el Santo Oficio dictaba las normas de la pelea.

Con tanto pugilato y después de tanta lucha, algún fruto se recogió.

En efecto, vencido el espíritu renacentista e imperando la Contrarreforma, España pudo exportar la neo-escolástica al mundo entero. Nuestros sabios: el cisterciense orientalista Cipriano de la Huerga, el filósofo agustino fray Juan de Guevara, el teólogo dominico Melchor Cano, el poeta agustino Fray Luis de León, el maestro Diego Rodríguez protegido por los dominicos y otros sabios se dedicaron a orientar doctrinalmente a las nuevas generaciones mediante una adaptación de la escolástica de Santo Tomás a los nuevos tiempos.

Nada de arte, nada de progreso, pero sí una orientación doctrinal, profunda y actualizada que España exportó a Europa. Una Europa donde Copérnico publicaba su  De revolutionibus orbium coelestium (Sobre el movimiento de las esferas celestiales) y Andreas Vesalius publicaba su  De humani corporis fabrica (De la estructura del cuerpo humano)

El fruto del Renacimiento español fue la formulación de la neoescolástica y su exportación por todo un imperio donde nunca se ponía el sol.
España exportó la neo-escolástica

Después, en el barroco, ya sería otra cosa: más arte y menos ideas. Extraña paradoja. Extraño Siglo de Oro.

sábado, 22 de junio de 2013

El Renacimiento en España. Una parvedad



 Patio del Palacio del Licenciado Butrón, oidor de la Real Audiencia y Chancillería de Valladolid. 
foto:   elojoheterotopico.blogspot.com  
Matías Pascal


 La influencia del Renacimiento en España fue muy exigua. Se produjeron muy pocas obras artísticas o literarias con estética renacentista, fueron pocos los artistas y muy corto el periodo en que las ideas humanistas penetraron en estas tierras, prácticamente se redujo al reinado de Carlos I. 

En tiempos de este emperador extranjero, algunas mentes curiosas lanzaron una ojeada apresurada hacia Europa. Fue una mirada de vigía. España, que era un erial aislado, quiso ver que pasaba más allá de los Pirineos, por las otras tierras del imperio.

La lírica de Garcilaso miró hacia la Italia de Ariosto y admiró a Virgilio y a Ovidio; la poesía de Boscán bebió de las fuentes petrarquianas y poca cosa más se produjo en el ámbito de la poesía. La prosa en aquella España post isabelina se limitaba al mundo caballeresco de Amadís o se acercaba al realismo a través de la picaresca. En el mundo de las ideas se observa una tímida influencia del pensamiento de Erasmo y un cierto efecto vivificador, con las críticas de Vives, de Victoria  o de Valdés y Cano, ilumina la oscuridad de un ambiente inquisitorial que no da ninguna tregua a la confrontación de las ideas.

El humanismo renacentista pasa como una exhalación, como una suave brisa que apenas ventila y no trae las ideas de armonía, de “belleza absoluta” o el interés por la naturaleza que se cuecen en la Europa más culta, el conocimiento por el mundo clásico no echa raíces en el erial hispano.

Aquí se pasó de un gótico isabelino demasiado encendido a un barroco tenebroso con demasiadas cenizas.

Con Felipe II, la vida se volvió hacia adentro, en 1559 se prohibió estudiar en las universidades extranjeras. Se cargaron el pensamiento de Erasmo y los programas Erasmus.

Los humanistas, con Fray Luis de León a la cabeza, se hicieron escriturianos. En Salamanca, en Alcalá y en Valladolid los sabios perdían el tiempo discutiendo sobre dogmática y sobre reformas disciplinarias. La poesía se hizo moralizante y severa y el idioma se tornó austero, llano y sobrio.

El arte del Renacimiento es el arte de la razón y aquí, por estos andurriales, siempre se anduvo escaso de razón.

Por aquí, habitualmente se cae en la rutina, en el muermo, se quiebra la armonía, se pone en peligro el conocimiento, se abusa del principio de autoridad, se presenta batalla a todo lo que suponga novedad o progreso, se dedican esfuerzos a cuestiones sutiles, místicas y espurias y que se alejan de los intereses vitales del hombre, de su dignidad y de su arte.

En la España del siglo XVI no tenían cabida las nuevas ideas políticas de Maquiavelo, de Bodín o de Hugo Grocio, pero tampoco cabía la ciencia de Kepler, de Galileo, de Copérnico o de Bacon. El arte de Rafael, de Miguel Ángel, de Bramante o de Durero jamás llegó ni como idea de armonía, ni como concepto de belleza, a esta tierra sobria y quemada de los campos de España. En todo caso algún artista excepcional y becado consiguió con muchísima maestría pintar con manchas lejanas, pero la Inquisición, el Concilio de Trento y la gran empresa de la Contrarreforma se encargaron de cercenar cualquier triunfo de la razón y, sin razón no hay Renacimiento.