El mar de otoño. Emil Nolde
Conducía sus pasos siguiendo el ardiente estrépito
de un faro de luz equívoca, que poco a poco se iba
apagando bajo las sombras.
Se dejaba llevar por la voz de los poetas románticos
que obsesionados mataron la pasión del claro
de luna y las quimeras.
El caminante vagaba de los tilos hasta el borde
rocoso de las breñas, y buscando más allá del horizonte
lanzaba su mirada al mar.
Alguna nave ingrávida de velas inconstantes
desaparecía por la línea lejana de siroco
a resguardo de la noche.
Los versos de la oscuridad invocaban leyendas
de caballeros rampantes y de guerras verídicas
en el mar de Citerea.
El caminante también hubiese cambiado
su anhelo de libertad por una brizna de belleza
y por un momento de placer.
Sí, en el acantilado las olas abrasivas del mar
disgregan las rocas y todas las geologías
del grito y la memoria.
Y todo lo que es bello y todo lo que es pasión
se convierte, a los pies del caminante, en un estropicio
de crisantemos morados.









