martes, 10 de mayo de 2016

Metamorfosis al revés



El panorama artístico actual pinta muy mal. No voy a decir que el arte haya muerto, ni decir, tampoco, que lo haya matado la codicia y la voracidad de los mercados. Asegurar esto sería exagerado, podría parecer una afirmación que busca la espectacularidad o podría parecer, incluso, que escuchamos la voz de Nietzsche cuando proclamaba que Dios había muerto y que lo había matado la piedad de los hombres. NO.

Pero que opino que el panorama artístico y la literatura en particular están tocados de muerte, visto lo que últimamente se publica y visto el panorama desértico que encontramos en las propuestas artísticas más avanzadas.

Entre las dunas y en las amplias extensiones de arena aparecen unos espejismos. Son falsas imágenes, son ilusiones iluminadas por la pachanga mediática; no tienen contenido y se desvanecen en cuanto nos acercamos.

Creo que nos esperan largos años de silencio estéril y mucho ruido, tanto y tanto, que no habrá ni un momento de tranquilidad para pensar.

Cuando digo que nos esperan muchos años estoy pensando en setecientos años de miseria creativa.

¿Qué hacer? Hay varias alternativas:

1)    Aguantarse y callar. Si opto por esta alternativa, me dedicaré a la cocina, me dedicaré a las cuestiones de la panza y me olvidaré del arte y de la razón.

2)    Preservar la obra de arte existente y poner a buen recaudo los buenos libros, los magníficos libros que configuran la República de la Libertad. Pero confiarlo a la preservación y dejarlo todo en manos del hombre tiene sus riesgos pues ya hemos visto a lo largo de la historia que la intolerancia inquisitorial y la barbarie de los integrismos, quemaba piras de libros y destrozaba las estatuas y las arquitecturas más bellas que ha creado el ser humano. No puedo sino desconfiar de la “inteligencia” humana.

        3)    Subvertir la creación artística y sobre todo literaria.  Eliminar las formas de crítica artística y literaria existentes. Esta es, a mi entender, una opción revolucionaria.

Vistas las alternativas, y a menos que nos dediquemos a la cocina, un temor me embarga: que ocurra una metamorfosis al revés. Una metamorfosis producida por la mala calidad de la producción artística de la vanguardia y por la lectura de la literatura actual. Que el hombre, animal como es, acabe caminando a cuatro patas, escupiendo en el suelo cuando le venga en gana, tirándose ventosidades en grupo, o empuñando quijadas de burro y empiece a asestar trancazos a diestro y siniestro tal como ha ido entrenando durante siglos.

domingo, 8 de mayo de 2016

La música en la isla británica

Estudio para el carro de heno. John Constable


En la isla británica llueve. Las nieblas abundan y el paisaje, sobre todo en Escocia, induce a la meditación triste. Las gentes permanecen en sus casas al calor del fuego del hogar.

Los anglosajones contemplan la niebla y con la llovizna persistente disfrutan muy poco y la música se resiente de ello.

¿Cantaron en los castillos artúricos? Suponemos que sí, aunque no nos ha quedado constancia. En la corte medieval se tañó el laúd y en el Renacimiento hubo una tradición coral anglicana extraordinaria con Thomas Talls, John Taverner y William Byrd hasta llegar a Henry Purcell. Éste se lo comió todo y no dejó nada para los demás. Para los que le sucedieron.

La música de este extraordinario compositor barroco se cernió como una llovizna suave sobre las tierras, desde las Altas Tierras de Escocia hasta la costa del Canal de la Mancha, y aquella isla quedó inundada con la música de Purcell. Después de él, casi nada más.

Más que nunca permanecieron recluidos los británicos. Tomaban el té puritano y pasaban largas horas contemplando el mundo a través de las ventanas como hacía Sylvia Plath. “La campana de cristal” no es solo una autobiografía.

Durante muchos siglos, Inglaterra fue un país sin música. No fue hasta finales el s. XIX, hubo de pasar el empirismo, el industrialismo y el orgullo petulante del puritanismo para que volvieron a brotar armonías o melodías sobre las tierras que se extendían desde las Highlands de Escocia hasta la desembocadura del Támesis.

miércoles, 4 de mayo de 2016

Las urnas y la crisis psicológica colectiva

Les Constructeurs à l'aloès. Fernand Leger (1881-1955)

































El historiador británico Robert Goodwin acaba de publicar un ensayo titulado «Spain. The centre of the world, 1519-1682».

El autor aclara: Hemos puesto «Spain» de título porque para vender libros en Londres o Nueva York es más fácil, pero fundamentalmente hablamos de instituciones castellanas. En el siglo XVI, Castilla era uno de los reinos más litigiosos de la historia.

Al autor le asombra el volumen cultural que se dio en la España del Siglo de Oro y, sin mencionar el dogmatismo y la acción de la Inquisición, afirma: “El imperio español se preocupó por sus condiciones morales, eso es impresionante”

Después del asombro, en la presentación de su libro, Goodwin es capaz de asegurar que hoy en España no existe ninguna crisis política, que la crisis es psicológica.

Por lo que parece, Robert Goodwin tiene la finura perceptiva para distinguir entre lo político y lo psicológico, pero los de aquí, que sufrimos esta crisis psicológica, no alcanzamos tales sutilezas y creemos que la crisis política es el reflejo del estado psicológico y sobretodo de la inacción y de la corrupción de los políticos, incapaces de entender nada y completamente ineptos para  gobernar.

Y los de aquí, los que padecemos una crisis psicológica, volveremos a votar unas listas donde estarán los mismos políticos que han fracasado. Con toda seguridad, en la campaña electoral nos dirán que votar es ejercer un derecho democrático. Y los ciudadanos de aquí, convencidos de que en este país hay más democracia que en cualquier paraíso fiscal, acudiremos a las urnas.

Qué motivos razonables tenemos para dar pábulo a esta pandilla de corruptos y charlatanes, que no hacen otra cosa que destruir la estabilidad psicológica de los paisanos-paisanas, y lo hacen mientras recortan los derechos sociales, mientras se acusan de honradez los unos a los otros y mientras privatizan y se empeñan en inscribir sus nombres en los papeles de Panamá.

Las urnas, en este estado de crisis psicológica, son un juguete, un entretenimiento y una entelequia.

Esta es la cuestión actual señor Goodwin, seguramente consecuencia de las condiciones morales, de la incultura, del peso de la historia y de aquel Siglo de Oro que fue de oro por el dorado metal que llegaba de América y por la acción del Santo Oficio.

domingo, 1 de mayo de 2016

Educadores de niños y pescadores de merluzas

Aún dicen que el pescado es caro (1894) Joaquín Sorolla


Existe una parte de la ética que se ocupa del bien, la agatología. 

Los partidarios de esta doctrina, optimistas todos ellos, se espantan y huyen ante cualquier adversidad o si acaso meten la cabeza debajo del ala. Defienden que todas las cosas tienden al bien y que éste se impondrá al final. Sin atolondramiento, cuando tocan de pies al suelo, aunque sea sólo un poquito, admiten que algunas cosas del proceso pueden salir mal.

Mantenerse en actitud de oposición ante un problema, asumiendo el esfuerzo que supone, resulta engorroso y parece que no hay demasiados ciudadanos dispuestos a malgastar sus fuerzas en solucionarlo. A esto debemos añadir que quien se opone, lo hace siempre a partir de una crítica y ya sabemos que en una sociedad acomodada la crítica es algo políticamente incorrecto.

No nos gustan las críticas que molestan, a todos nos agrada vivir sin problemas y de forma placentera, pues hedonistas lo queremos ser todos y a todos nos gustaría que imperara la buena educación y que los niños fueran buenos, pero alguien debe hacer el esfuerzo de educarlos. Queremos ser sibaritas y a cualquiera le gusta deleitarse con un cogote de merluza a la vizcaína pero debemos saber que alguien tiene que mojarse el culo para pescarla.

Con el optimismo por bandera, es fácil olvidarse del esfuerzo ingente que se requiere para conseguir todo aquello que nos gusta, y aún nos resulta más fácil correr un tupido velo ante los problemas que pueda tener el educador de niños o el pescador de merluza.

jueves, 28 de abril de 2016

La melancolía reflexiva de Lorenzo el Magnífico

Piero di Lorenzo de Medici retratado por Domenico Ghirlandaio

A pesar de su magnificencia Lorenzo di Piero de' Medici (1449-1492) -detto anche il Magnifico- sufrió de melancolía.

Los excesos de finales de quattrocento que tanto indignaban a Savonarola, provocaron en el ánimo de Lorenzo de Medici un sentimiento de huída. El alma del Magnífico se tornó melancólica y un verano, este  mecenas, Príncipe de Florencia, se alejó del Arno, como si fuera una de aquellas lechuzas que volaban hasta Fiésole, y abandonó la ciudad.

En el ánimo de Lorenzo el Magnífico, la melancolía no fue molicie ni flojedad de espíritu sino más bien una actitud de reflexión sobre lo trágico de la condición humana.

He aquí alguno de los versos que escribió:

Quante’è bella giovinezza,
Che si fugge tutta via!
Chi vuol esser lieto sia,
Di doman non c’è certezza...


¡Qué hermosa es la juventud,
a pesar de que se escapa!
Quien quiera estar alegre que lo esté
pues del mañana no hay certidumbre...


En más de una ocasión, a lo largo de la historia, las épocas de excesos y de ostentación han dado paso a unos periodos largos de decaimiento, de postración o de melancolía.

No creo, sin embargo, que ahora, después de la era de la ostentación y del endeudamiento que hemos pasado, caigamos en una etapa de melancolía sino más bien en un largo periodo de abandono intelectual o de flojera creativa: en una larguísima miseria social.

martes, 26 de abril de 2016

Arquitectura de posguerra

Iglesia de Villanueva de Franco, (1949) arquitecto Arturo Roldán Palomo

La Guerra Civil cercenó el racionalismo y todas las vanguardias artísticas. Las cabezas pensantes fueron aniquiladas. Exilio, muerte o represión.

La arquitectura también sufrió el duro golpe de la barbarie y toda construcción o reconstrucción nacional vino marcada por la imposición de un estilo ecléctico-patriotero que recordara las “glorias hispanas”. Se interpretaron los estilos fascistas o los modelos nazis que, debidamente pasados por el cedazo del Movimiento Nacional, se convirtieron en una especie de "cosa" adocenada que ha sido calificada de arquitectura franquista.

La arquitectura de posguerra presentaba diversos matices, todos ellos opuestos a cualquier signo de modernidad, con estilos diferentes: "neoherreriano", "regionalista", "neovilanoviano", "ruralista" y con ellos, una serie de variantes que corresponderían a las diferentes facciones del poder franquista, por ejemplo, "tradicionalistas", "carlistas", "juanistas", "africanistas", "falangistas", etc.
Universidad Laboral de Gijón, (1946-1956) arquitecto Luis Moya Blanco

En Cataluña todo este retroceso se impuso con un carácter ecléctico, no exento de rechazo a todo lo moderno. Vendría a ser una especie de recreación del noucentisme tardío, pero a "lo malo". Encontramos como ejemplos los colegios mayores situados junto a la Facultad de Farmacia en Barcelona, también el Instituto de Secundaria Milà i Fontanals en la plaza Folch i Torres o la Iglesia de la Mare de Déu dels Àngels en la calle Balmes de Barcelona.

Por todas partes dominaba la reacción contra la arquitectura moderna.

La vanguardia arquitectónica de antes de la guerra representada por los arquitectos del GATPAC/GATEPAC quedó eliminada. Aquellos profesionales revolucionarios del GATPAC/GATEPAC que confiaban en las bondades de la arquitectura y que estaban convencidos que ésta es un bien cultural, una de las bellas artes que debe estar al servicio del ciudadano y que su función es resolver los problemas del habitat humano; aquellos arquitectos digo, desaparecieron: Aizpúrua fue asesinado, Sert tuvo que exiliarse, Torres Clavé murió en el frente de guerra, fueron reprimidos o silenciados grandes profesionales como Armengou, Illescas, Rodríguez Arias, etc.

Y después de la barbarie y la muerte, los arquitectos que continuaron proyectando, lo hacían en condiciones desfavorables, completamente desconectados de los movimientos de las vanguardias que se sucedían en Europa o en América. Tuvieron que someterse a las directrices de las autoridades franquistas.

Salvo honrosas excepciones, se produjo una arquitectura folclórica, roñosa, piojera, zafia y ramplona construida sobre cimientos de corrupción y favoritismos.

En la postguerra, ahora y siempre, la cultura arquitectónica depende del tono general de la cultura y de los factores históricos y sociales. Arreglar aquel desaguisado era una cuestión política y los arquitectos debían colaborar haciendo una arquitectura digna y bien construida. Ya sabemos que no corresponde a la arquitectura la solución de los problemas sociales ni de las injusticias. La arquitectura sólo puede resolver problemas de arquitectura y con esta tarea ya va bien servida. Pretender salvar cualquier otra cosa es puro engreimiento.
 Casa Agustí, (1955) arquitecto Josep M. Sostres

Surgieron, sin embargo, en aquellas décadas de precariedad, algunos buenos artistas y grandes arqutiectos que supieron renovar o recuperar el lenguaje de las vanguardias. Admiramos la obra de algunos arquitectos esforzados -Coderch, el Grup R, Fisac, etc-  que supieron recuperar la modernidad perdida. Construyeron bien, de acuerdo con los principios de la estática, de la estética y la funcionalidad y fueron conscientes de que con su labor, que hoy me atrevo a calificar de heroica, sólo pretendían solucionar problemas de arquitectura y de construcción.

viernes, 22 de abril de 2016

Las esferas del caos

La superficie de la esfera es el lugar geométrico de puntos del espacio que equidistan de un punto.

Planteado así, geométricamente, nos encontramos con una superficie ordenada, limpia y precisa.

Los puntos son infinitos, no tienen dimensión y se hallan idealmente apelotonados, unos adyacentes a otros y sin amontonarse. Ocurre sin embargo que la idealización es una cualidad que otorgamos a Dios o a la razón y que se altera con la realidad, ésta genera el caos.

Las esferas son ideales, sólo existen en nuestro intelecto. Son esferas amigas, esferas que producen música, esferas del universo, esferas que forman el eco del conocimiento, esferas inexistentes pero que son el soporte de una realidad caótica.

No existe el arte de las esferas. En el caos de la vida, el artista sólo puede expresar el caos, aunque en su imaginación y en su inteligencia exista la perfección y esta trasciende en el arte como realidad caótica.

miércoles, 20 de abril de 2016

Giacomo Leopardi

Me declaro un rendido admirador de Leopardi.

He seguido su experiencia literaria, mi fascinación por su obra me ha llevado a Recanati, donde tengo grandes amigos, he visitado su biblioteca y he intentado comprender el “Infinito”, aquel jardín desde el cual no se desdeña ninguna iluminación.

La contemplación del jardín podría explicarme la actitud de los artistas del quattrocento ante la naturaleza, sin embargo no fue ésta la mirada de Leopardi, la suya se aproximó más a lo sguardo ispirato de los románticos del sur.

Sus Canti son en mi opinión uno de los monumentos poéticos de mayor envergadura de la literatura europea.

Su “Zibaldone” es una obra colosal. Muy larga. Un dietario donde Leopardi apunta sus pensamientos sobre el mundo y sobre el drama humano, hace consideraciones sobre el suicidio, sobre la filosofía y la poesía y muy especialmente sobre la lengua.
En el Zibaldone dice cosas como esta:
en este mundo todo es una locura, excepto hacerse el loco. Todo es risible, menos reírse de todo. Todo es vanidad menos las bellas ilusiones y las frivolidades agradables...

Leopardi es un fenómeno literario capaz de explicar el romanticismo desde la más pura iluminación clásica.

Fue un hombre desgraciado, devoró literalmente su enrome biblioteca y en ella se dejó la salud, el estudio le destruyó. Su columna vertebral se le fue encorvando hasta convertirlo en un jorobado.

Salía de su casa y se reían de él. Al pasar, los niños le gritaban: gobbo fotuto.

miércoles, 13 de abril de 2016

Florilegio de las piedras. Vanitas vanitatis


Si no es para dar cobijo, la colocación de una piedra sobre otra es un principio de vanidad.

Un sillar gótico sobre otro, juntos y bien aparejados, se convierten en una vanidad teológica petrificada.

Un pedrusco civil colocado sobre otro, formando una muralla, son una vanidosa voluntad de separación.

Una piedra románica sobre otra piedra expresan con toda vanidad el dominio sobre los feligreses.

Un sillar de mampostería puesto sobre otro, formando los muros de un castillo medieval, son una voluntad vanidosa de tiranía.

Una piedra tallada en forma de moldura colocada encima de otra moldura para formar la puerta de un banco es la expresión de la vanidad del dominio económico.

La vanidad de las piedras es la petrificación de la vanidad de los hombres.

sábado, 9 de abril de 2016

Pachanga cultural

Retrato de Michael Jackson con su chimpancé.
Jeff Koons


Hace unos 10 años los responsables públicos de la política cultural se dejaban llevar por el papanatismo ante las obras de arte producidas en el extranjero, además se mostraban sensibles y caritativos con las producciones sensibleras de muchos artistas locales y se dejaban llevar por la ñoñez benéfica.

Aquellos ingredientes eran tenidos en cuenta para hacer la programación de las actividades culturales y para decidir cómo debían llenarse los museos. En uno y en otro caso la calidad artística entendida como un bien cultural de interés público brillaba por su ausencia. Con el proceder de estos gestores culturales se juntaba la banalidad con la tontería provinciana.

Hoy, el panorama cultural institucional ha bajado al hoyo más profundo de la incultura y aquellos conceptos que entonces denostábamos son actualmente incomprensibles por muchos políticos y gestores culturales. No llegan siquiera a aquel nivel. La falta de conocimiento que demuestran los responsables políticos, la frivolidad de su gestión y el desconocimiento que tienen de la función social del arte, hace que aquellos problemas de entonces sean algo que ahora ni lo pueden imaginar. No pueden imaginar ni siquiera el planteamiento del problema.

A nuestros gestores de la política cultural, aquello que entonces era criticable, ahora no les cabe en la cabeza ni forma parte del planteamiento del problema, porque para ellos no hay problema.  
Para los personajes frívolos que dirigen las instituciones no hay otro objetivo que el espectáculo, venga de donde venga, ya sea una majadería extranjera o una ordinariez local, el caso es que divierta. Que la producción artística pase por ahí sin criticar, que la transgresión desaparezca del panorama cultural y que la fiesta continúe.

Los programas culturales organizados por los servicios públicos se llenan de frivolidad, de fiesta pueril y anodina. Solamente son espectáculo, pachanga y diversión, tan lícita como se quiera pero son algo que nada tiene que ver con la cultura. Y los políticos responsables contentos, saltando y bailando, contemplan como transcurre la pachanga de la frivolidad.