viernes, 7 de enero de 2022

Ciencias brujas

 

 Tigre lirios (1953) Kenneth Nolan


 

Estuve hablando con el misántropo de la ciudad abierta, el pobre se está quedando más solo que la una.


Como él, yo también creo que lo que no sirve para resolver problemas, lo único que hace es crearlos.


Sirve la ciencia básica, la técnica, el método científico, la agricultura, el comercio, la industria y la navegación y añado algunas formas de diversión y, desde luego, el arte y la amistad. Naturalmente, y dada la condición humana que el misántropo tanto aborrece, todo esto puede pervertirse.


Para que la misantropía no nos amargue la vida disponemos de algunas pocas cosas que justifican nuestra existencia:

la música de Bach,

la estatuaria griega,

cuatro o cinco versos de la Divina Comedia,

el amor filial

y el rodaballo al horno.

 


El misántropo de la ciudad abierta cree que la única ciencia considerable es la teórica, la que no tiene utilidad directa y llama ciencias brujas a todos aquellos conocimientos que solo sirven para pasar el rato pero que no sirven para resolver los problemas. Además, muchas ciencias brujas son practicadas por embaucadores que se sirven de ellas para engañar.


Algunas de las ciencias brujas que atribulan al misántropo son:

La antropología recreativa

El psicoanálisis

La homeopatía

La parapsicología

La psicología de salón

La acupuntura

La astrología

La hipnosis

La radiestesia (zahories)

La adivinación

 


El misántropo de la ciudad abierta cree que hay demasiadas cosas inútiles que entorpecen, entre ellas:

El diálogo interecuménico

Las juntas de arbitraje

Las comisiones parlamentarias de investigación de delitos económicos

El exceso de políticos, de organismos oficiales y de burocracia.

miércoles, 5 de enero de 2022

Desde los abedules a los olivos

April Gornik, "Marsh Waterway" (1998)


 

Entre la hojarasca de las cosas,

en el bosque de la realidad,

se halla la escalera del abismo.

 

Me alejo del acantilado que pintó Caspar David.

 

De espaldas al mar septentrional,

voy del frío de las nieblas del norte

al frío de las estatuas de mármol.

 

En las llanuras que se extienden

desde los abedules a los olivos,

entre la noche de invierno

y la cegadora luz de agosto,

discurre la vida y la muerte

que para la realidad son una misma cosa.

 

F.C.  

 

 

lunes, 3 de enero de 2022

Regalos

 

Estamos en días de consumo y de regalos, desde Papá Noel, al “tió” o los Reyes Magos de Oriente.

 

Hay regalos y regalos. Los hay útiles, otros que son una majadería, unos engordan y otros son puras pamplinas. Los hay empalagosos y otros son pequeños detalles como los diamantes y otros que, aun siendo tangibles, no se pueden escriturar.
 



Wilhelm Müller regaló a su esposa Adelheid un viaje de invierno, ella tenía frío y siempre lo iban posponiendo. Jamás llegaron a emprender el viaje. El amor se congelaba y Wilhelm, el poeta romántico alemán, murió muy joven. Años más tarde las lágrimas del poeta alemán quedaron disecadas y Schubert emprendió el viaje.

 



José Ramón Martos Debón prometió a su novia Inés Castillo que cuando esta aprobara el proyecto final de carrera de Arquitectura le regalaría una batidora mini-pimer. La pobre Inés jamás consiguió aprobar el proyecto y no obtuvo ni la mini-pimer ni el título de arquitecto. Al cabo de unos años se casaron. Él maestro de escuela y ella delineante.

 

El día de Navidad de 1870, Cósima Liszt cumplía 33 años de edad y con tal motivo Richard Wagner obsequió a su amada con la partitura de El Idilio de Sigfrido.

Cósima cuenta: Fui despertada por el sonido de una música nueva, maravillosa y desconocida tocada por un conjunto de cámara.

Después de escuchar aquella música, Cósima lloró. No sabemos por qué lloró Cósima.



María de las Mercedes Salcedo tenía un novio que le regalaba flores, a finales de primavera solía obsequiarla con ramitos de alhelíes, ella hubiese preferido algo más práctico y así se lo decía a Rafa. El muchacho no lo comprendía demasiado y ella, cansada de un novio tan detallista, se marchó a Barcelona donde montó un negocio de carpintería de alumino. 

 

Pedro Marín madrugaba y se iba a la playa a pasear, allí se le ocurrió el regalo que debía hacer a su querida. Rocío –dijo Pedro– te voy a regalar las olas del mar. 

La joven granadina, emocionada y contentísima le contestó decidida: cuando quieras vamos al notario y hacemos la escritura de la donación. Pedro se encogió de hombros y regresó allí donde rompen las olas.

domingo, 2 de enero de 2022

Le Corbusier y la Polinesia

No sabemos si Le Corbusier estuvo en el lago Titicaca, tampoco si estuvo en la Polinesia.

 

Lo que sí que sabemos es que aborrecía las algaradas callejeras y no le gustaban los lagos de origen tectónico ni las amapolas. 

 


No sé si Le Corbusier,  emulando a Gauguin, viajó a la Polinesia.





A Le Corbusier le gustaba bañarse en el mar y navegar, pero parece que jamás diseñó ningún barco. 

 

La capilla de Ronchamp de Le Corbusier siempre me ha parecido la proa de un barco que surca los mares alpinos.




En muchos países los juncos se han utilizado como material de cubierta de chozas o templos. También para construir barcos y esto, Le Corbusier lo sabía.