Cuando
nos invade el temor de que la razón puede quebrarse por culpa de la mezquindad
y la estupidez, caemos en un estado de pesimismo. Cuando, además, contemplamos
como las formas más ramplonas y zafias del panorama estético inundan el paisaje
y la cultura, nuestro pesimismo se enquista. Se trata de un pesimismo de corte
clásico, como el que padecían los estoicos.
Contra
lo que podría parecer a primera vista, lo contrario del pesimismo clásico no es
el optimismo. No, lo opuesto al concepto de pesimismo clásico es el pesimismo
romántico.
El
optimismo es sólo una hoguera de estopa, pura evanescencia.
El
pesimismo clásico se fundamenta en la creencia de que el ser humano ha perdido
la fuerza necesaria para afrontar la vida en toda su complejidad. Se debilita.
El
pesimista clásico cree haber perdido los instrumentos que sirven para medir. Se
lamenta de que los hombres y mujeres que viven en este mundo de maldad insolente no han sido capaces de apuntalar la
bóveda de la compleja realidad.
El
pesimismo romántico, en cambio, se fundamenta en el cansancio de la cultura. Lo
encontramos en el pensamiento de Schopenhauer y en la poesía de Leopardi. El
pesimismo romántico es nihilista, persigue la nada como fin.
El
espíritu romántico utiliza para medir los instrumentos de su sensibilidad, no
le valen ni el metro ni la balanza. No mide los caminos, desconoce a dónde van,
quizás lleguen al borde del acantilado y allí contemplará el mar embravecido.
Se orienta con la brújula de su emoción y se desorienta cuando su sensibilidad
se agrieta ante la incomprensión de sus congéneres que lo califican de orate y
le niegan el pan y la sal.
Ante
tal incomprensión, el artista romántico se crece y se convence que él, con su
sensibilidad a cuestas, se sitúa por encima de los demás. Se lo tiene creído. Aparece
el engreimiento y su soledad llora entre los escombros de su castillo
arruinado: el pensamiento romántico.
Debilidad
clásica o cansancio romántico: pesimismos al fin.



