miércoles, 5 de diciembre de 2018

Vándalos



Bajorrelieve de la fachada del edificio de la calle Lajtínskaya en San Petersburgo
(hoy desaparecido)

 
Hace poco más de dos años en San Petersburgo unos activistas ortodoxos y cosacos emprendieron a trancazos contra la fachada modernista del edificio de la calle Lajtínskaya, diseñado por el arquitecto Alexánder Lishnevski en 1910.

Unos vándalos de la organización “Los cosacos de San Petersburgo”, borrachos de vodka, con unos mallos en ristre, destrozaron el bajorrelieve que representaba el rostro de Mefistófeles.

Después de su acción enviaron una carta a los medios de comunicación donde decían:

«Somos nosotros quienes hemos echado abajo la escultura del Diablo y lo hemos hecho por muchas razones, la principal es que el lugar se había convertido en una de las atracciones turísticas de la ciudad»

Está claro que muchos intolerantes aborrecen a los turistas, se los miran con desprecio, dicen tourist go home y se dedican a romper cosas. ¿Por qué les tienen manía a los turistas?

La policía anduvo buscando restos del bajorrelieve y encontró unos fragmentos de Mefistófeles abandonados en un contenedor de basura situado frente al edificio.

Sí, Mefistófeles, el espíritu que todo lo niega, estaba hecho añicos entre restos de comida, compresas de celulosa, botellas vacías, mondas de patatas y pañales usados.

La Iglesia Ortodoxa rusa niega tener nada que ver con la demolición del bajorrelieve de Mefistófeles. Aseguran que ellos no están contra la obra arquitectónica de Alexánder Lishnevski, aunque el padrecito Roman Bagdasárov, vicepresidente de uno de los departamentos del Sínodo Ortodoxo, ha dicho que «la Justicia no debería ser muy severa con estos cosacos, ya que, pese a haber osado violar la ley, parece que creían estar librando del mal a la antigua capital».

Las acciones vandálicas continuaron, y días después de machacar a Mefistófeles, los activistas ortodoxos del movimiento religioso Voluntad de Dios irrumpieron en una exposición en la sala del Maniezh, situada junto al Kremlin, y destrozaron varias esculturas por considerarlas «ofensivas» para los creyentes.

Aquellos vándalos, pueblo báltico que en la Edad Media invadió gran parte de Europa y de África del Norte, continúan redivivos. Hoy utilizan martillos y rompen esculturas siguiendo el estilo del Estado Islámico o los métodos de los iconoclastas bizantinos de León III (680-741).

¡Bah!, siempre rompiendo, ¿no podrían dedicarse a bailar una pavana?

domingo, 2 de diciembre de 2018

Montañas


 
La montaña es un accidente geográfico. 

Siempre he contemplado las montañas como unos amontonamientos de piedras y tierras, como un repliegue de estratos geológicos.

Rebuscando una explicación de signo artístico, podría considerar la montaña como la expresión de la mala baba telúrica.

No entiendo el embrujo ni la mística de los montes. Impresiona, eso sí, su magnitud de escala inhumana, pero jamás he sentido ese poder mágico que algunos dicen que la montaña posee.

Sospecho de las interpretaciones esotéricas que se han adjudicado a los montes.

La religión y las sectas se han servido de las grandes acumulaciones geológicas para situar allí a los apañamundos y, sobre todo, nos han descrito el descenso del ‘salvador’ por las laderas de las cumbres.

Abraham se fue a la montaña con la criminal intención de matar a su hijo, obedeciendo, eso sí, el mandato de un dios impío y terrible.

Zoroastro, llamado también Zaratustra, bajó del monte para decirnos que en el mundo hay cosas malas y cosas buenas. Así hablo Zaratustra, dijo que entre el bien y el mal hay un conflicto.

Jesús de Nazaret reunió una multitud en una montaña y les echó un magnífico sermón.

Moisés descendió del monte portando unas tablas de piedra donde decía lo que teníamos que hacer.

Abū l-Qāsim Muḥammad ibn ‘Abd Allāh ibn ‘Abd al-Muttalib ibn Hāšim al-Qurayšī (Mahoma), estando en la cueva de Hira, en la montaña llamada Jabal al-Sur, tuvo una visión del arcángel Gabriel y a partir de ahí fundó una religión que propugna la guerra contra los infieles.
Los mundos simbólicos me superan y no puedo entender que una prominencia o un macizo geológico se convierta en símbolo de nada.

Más de uno podrá decirme que para sentir el embrujo telúrico de las montañas debo subir a sus cimas nevadas, pero no he de seguir estos consejos, ya que puedo quedar helado o me puede sobrevenir el mal de altura.

El monte Fuji (富士山 Fuji-san), el Macchu Pichu, el Canigó, Montserrat, el Kilimanjaro y todas estas orografías descomunales son para mí lo que he dicho al principio: una acumulación de piedras y tierras.