Los
postulados artísticos del Movimiento Moderno se cocieron a principios del siglo
XX, antes del estallido de la barbarie de las dos guerras mundiales.
El
racionalismo que constituía la espina dorsal de las vanguardias artísticas fue
golpeado por el salvajismo de las guerras, por la sinrazón de los nacionalismos
y finalmente, la voracidad del liberalismo de Wall Street le asestó el estacazo
final.
La
razón fue derrotada por la barbarie, por la intolerancia y por la codicia.
Las
guerras acabaron con los artistas. La deportación y la muerte liquidó el
librepensamiento que sustenta toda forma de racionalismo. Junto al dolor
producido por los conflictos armados, los nacionalismos intolerantes y excluyentes
impusieron unas formas artísticas zafias y adocenadas. La birria formal y la
inmundicia moral se adueñaron del arte.
El
racionalismo fue atacado por la euforia de las emociones nacionalistas. Éstos
anduvieron buscando diferencias insignificantes para significarse, para decir
que sus garbanzos son mejores que los del vecino. Decían que las vanguardias
olían mal, que eran la obra de borrachos y degenerados, que el discurso del
arte moderno era un deshecho y otras sandeces.
El
ataque nacionalista continúa aún para hacernos creer que somos los mejores.
¿Mejores en qué? ¿Es que acaso no guisan bien en las otras patrias? ¿Es que
acaso los niños de nuestra patria obedecen a sus padres y se portan mejor que los de las otras patrias?
El
arte y la literatura con mayúsculas ya nos han dicho con toda la poesía y toda
la razón suficiente, que las patrias son una mezcolanza de odios y venganzas, que
son una entelequia para onanistas mentales que no se privan de utilizar
cualquier episodio de la historia para exaltar nuestro talante y nuestra lengua.
¡Ah
infelices!, nuestro talante es una mezcla de talantes retorcidos y recocidos en el horno de
una historia absurda y nuestra lengua es los restos de una lengua que a lo
mejor fue noble, pero que ahora es algo alambicado y producto de la pereza.
La fraternidad universal, ansiada por artistas racionales, ahora parece una
extravagancia ensombrecida por las banderas que ondean al viento de la
intolerancia.
La
ideología de los nacionalismos continuó la barbarie que había empezado con las guerras,
pero el golpe final lo asestó el liberalismo voraz de los yuppies.
Tom Wolfe y
sus compinches, Andy Warhol y sus adláteres incultos se empeñaron en adjudicar calificativos de exclusividad a la
seriación. Cualquier bote de tomate servía para explicar que la única razón que
vale es la de la especulación económica y con una foto de Elvis disparaban
contra el Movimiento Moderno.