viernes, 22 de marzo de 2019

Materialismo en primavera


Ahora, con la entrada de la primavera continúo convencido de que los espíritus andan peleándose con los fantasmas y convencido también, de que o no existe el sabor ni el olor de la mística. Celebro todo aquello que tocamos, olemos y comemos.

Sigo con el materialismo, la vulgaridad y la técnica. Este lema que figura en la parte derecha de mi blog.

Confirmo mis preferencias por la vulgaridad: prefiero unas verduras bien cocinadas que una esferificación de rape al cebollino, mejor el chiringuito de playa que las mansiones exclusivas, mejor el gorrión que acude a comer las migas de pan o los trocitos de patata frita que caen bajo la mesa, los prefiero a las aves exóticas. 
                                 
Admiro los avances técnicos: la rueda, el fuego, las operaciones quirúrgicas, la cesárea, la salubridad pública, la calefacción y los transportes mecanizados.

Creo que es indispensable poner la técnica al servicio de toda la sociedad (algunos dirían socializar la técnica).

Me gusta andar por el camino de en medio tal como aconsejaba Teognis de Mégara a su discípulo.

En definitiva, comer, beber, no pretender el palacio de invierno, ni místicas ni fundamentalismos religiosos, políticos o ambientales. Me conformo con la mera dependencia de la materia.

A

martes, 19 de marzo de 2019

Las caras de El Fayum



Son los rostros que nos convocan al silencio. Las caras de El Fayum, pintadas sobre madera y algunas sobre lino, nos observan desde los siglos I y III.

Estos rostros de grandes ojos y boquitas pequeñas son el contrapunto de la pompa y de la desmadrada difusión de imágenes con que nos inundan los medios.



¡Cuánto ruido a este lado!, ¡cuánto silencio, detrás de las caras de Al Fayum!

Son rostros que declaran que la vida es un estado que ellos conocieron y que nosotros aprendemos a conocer. 

Nos miran mientras se desvanece el ruido y con su mirada parecen decirnos que detrás de su rostro se esconde la muerte. ¡Ay ahora recuerdo los versos de Pavese!
Verrà la morte e avrà i tuoi occhi



sábado, 16 de marzo de 2019

La fatxenderia de Manelic


Manelic (1909), Josep Motserrat (1864-1923)

És una escultura ben trobada, l’escultor, Josep Montserrat, va saber expressar de forma encertada la fatxenderia d’aquest pastor del Pirineu.

Manelic és una espècie de Sigfrid nostrat, l’heroi innocent amb una moral anterior al bé i al mal. És l’encarnació bucòlica i candorosa del jove rabadà que sense saber per què, aixeca el cap cap el cel amb la fatxenderia d’aquell que no ha vist mai res més que uns ramats de xais i creu que tot l’univers és allò que encerclen les seves muntanyes estimades.

Al museu d’Escultura a l’Aire Lliure de Montjuïc s’aixeca l’estàtua del pastor innocent de Terra Baixa. De fet, en Manelic ja estava a Montjuïc abans, quan en aquesta muntanya, plena de barraques, una noia i un soldat baixaven de la Font del Gat.

Avui, la fatxenderia d’en Manelic és una contradicció. Ell aixeca la mirada i ja no veu les seves muntanyes ni sent els esquellots de les vaques, ans al contrari, als seus peus s’estén la ciutat cosmopolita i al seu costat té la modernitat de la Fundació Miró, el magnífic edifici projectat per Josep Maria Sert, que és una mostra excel·lent de la millor arquitectura racionalista mediterrània.

Ja no hi ha misèria urbana, avui a Montjuïc hi ha jardins i modernitat i l’escultura d’en Manelic que esguarda el cel.

Fundación Joan Miró


Traducción

La fachenda de Manelic

Es una escultura bien hallada, su autor, Josep Montserrat, supo expresar de forma acertada la chulería de este pastor del Pirineo.

Manelic es una especie de Sigfrido de nuestra tierra, el héroe inocente cuya moral es anterior al bien y al mal. Es la encarnación bucólica y candorosa del joven rabadán que sin saber porque, levanta la cabeza hacia el cielo con la jactancia de aquel que no ha visto nunca otra cosa que unos rebaños de ovejas y cree que todo el universo es aquello que queda cercado por sus queridas montañas.

En el Museo de Escultura al Aire Libre de Montjuïc se levanta la estatua del pastor inocente de Terra Baixa. De hecho, Manelic ja estaba en Montjuïc antes, cuando en esta montaña, llena de barracas, una chica y un soldado bajaban de la Font del Gat.

Hoy, la fanfarronería de Manelic es una contradicción. Él levanta la mirada y ya no ve sus montañas ni escucha los cencerros de las vacas, al contrario, a sus pies se extiende la ciudad cosmopolita y a su lado se encuentra la modernidad de la Fundación Miró, el magnífico edificio proyectado por Josep Maria Sert que es una muestra excelente de la mejor arquitectura racionalista mediterránea.

Ya no hay miseria urbana, hoy en Montjuïc, hay jardines y modernidad y la escultura de Manelic que contempla el cielo.