lunes, 18 de septiembre de 2017

La ciudad dividida




Florencia fue la ciudad del arte y las libertades, de la venganza y la licencia.

Cayeron sobre Florencia muchas maldiciones. En 1304 se hundió el puente Alla Carraia por donde podían pasar los carros, debido al hundimiento murieron muchos florentinos. También en 1304 se declaró un gran incendio en el que ardieron más de 1.700 casas, se perdieron grandes tesoros y el número de víctimas fue elevadísimo.

Florencia estaba dividida por las facciones de güelfos y gibelinos. La brecha entre los dos bandos era exagerada, hasta el extremo que de que cada bando se vestía de un color distinto; la forma de las almenas de los castillos y palacios denotaba de qué partido era su dueño. Cada cual cortaba a su manera las frutas y los ajos, habían recibido consignas o instrucciones para cortar lo que se les pusiera por delante.

Tanto gibelinos como güelfos rezaban, los gibelinos tenían por santuario de San Pietro Scheragio y los güelfos, el Baptisterio de San Giovanni. Los gibelinos abrían tres ventanas de las fachadas de sus casas y los güelfos sólo dos. Los unos levantaban el dedo índice para conceder el perdón y los otros levantaban el pulgar, pero ninguno perdonaba de veras. En el cultivo de las flores también se diferenciaban, unos plantaban rosas rojas y los otros, rosas blancas. Unos llevaban una pluma en la izquierda de su sombrero y los otros a la derecha.
 almenas gibelinas


almenas güelfas

Aquellos signos hoy nos resultan ridículos, pero reconocemos que en el fondo son la expresión de actitudes irreconciliables. Hoy los signos cambian, pero las discordias y escisiones que vivimos son tan irracionales como aquellas.

Pocos recuerdan si Dante Alighieri fue güelfo o gibelino. Dejó un de los monumentos escritos más imponentes que se han producido en Europa. Hoy admiramos su obra y no nos importa de qué manera cortaba los ajos.

domingo, 17 de septiembre de 2017

La razón entre las sombras

Pierre Subleyras. Caronte conduciendo las sombras (1735) 

Fue una lucha constante contra la superstición.


 Francisco de Goya. Cuaderno italiano (1771-1793)

La isla de la razón está rodeada de un mar de tinieblas.

 José de Ribera. Martirio de San Alberto (1626)

La locura es un estado involuntario, 
el fanatismo no es un acto involuntario.

 Théodore Géricault. La balsa de la medusa (1818)


 Salvatore Rosa. La crucifixión de Polícrates (1664)


Los cuerpos pasaban entre las sombras o se acumulaban sin piedad como materia carente de cualquier valor. No eran más que excrecencias de la naturaleza o carnosidad crucificada en el madero de la barbarie.


La razón sucumbió.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Nada

 "Collapsed House"
"the gradual formation of a spiral"
 Joan Bennàssar Cerdà. La nueva sede de Halfhouse

No existe ningún lugar recóndito de tierras ubérrimas que nos regale los frutos sabrosos a cambio de nada. Sólo los jardines de la mente dan graciosamente sus flores.

Todo se ahoga en el imposible océano de Florencia. Todos lloramos ante el imposible túmulo de Polinices y nadie puede guarecerse bajo el arco iris.

Nada existe, excepto unos estiletes afilados. Nada existe detrás de la niebla. Ningún faro que deje estelas de luz sobre las aguas tenebrosas que rodean la isla, donde los peces grandes se comen a los chicos.

Sólo el rumor de una fina lluvia sobre las hojas y quizás el relato de unos fracasos garabateados en los papeles viejos y   amarillentos.

Sólo un balance cruel -activo y pasivo- está escrito en el libro de contabilidad de la historia.

Nada existe en erial que deja el rayo, ni podemos ver el centelleo del no lugar.

A pesar de las ficciones de las camelias, de los simulacros del chisporroteo del agua y a pesar del engaño de los sueños de verano, nada existe que no florezca en el jardín de la mente.

F.C. (del libro Jardí Ardent. Traducción)

martes, 12 de septiembre de 2017

Una lectura de poemas




Unos poemas de DOBLE TALL
 publicados en The Booksmovie

domingo, 10 de septiembre de 2017

La armonía del giro de las esferas




Dell’Alma stanca à raddolcir le tempre,
Morirò fra strazi e’scempi cari
Asili di Pace à voi retorno.

Fuggite pur fuggite da questo seno
O de Regali fasti cure troppo
Moleste, egri pensieri;

Che val più de gl’Imperi
In solitaria soglia, & humil Manto
Scioglier dal Cor non agitato Canto.

Sfere amiche hor date al Labro
L’Armonia de vostri giri.
L’Armonia de vostri giri.

E’ posando il Fianco lasso,
Habbi moto il Tronco, il sasso
Da miei placidi respiri,

Sfere amiche hor date al Labro
L’Armonia de vostri giri.          
L’Armonia de vostri giri.

Luigi Orlandi


Querían encontrar la salida del caos en la armonía del giro de las esferas.

Nota:
Los versos escritos por Luigi Orlandi corresponden a la ópera Niobe, Regina di Tebe de Agostino Steffani, estrenada en Munich en 1688


viernes, 8 de septiembre de 2017

Leopardi, una fiera corrupia




He vuelto otra vez más a Recanati, he pasado unos días agradables con mis amigos. Con Cruzio visité la biblioteca de Leopardi, la había visitado anteriormente, pero esta vez me enteré que en aquellas nobles estanterías había más de veinte mil volúmenes -¡¡20.000!!-. Dicen que el joven Leopardi se los había leído todos. 

Con Cruzio llegamos a la conclusión de que esto era una exageración. En efecto, en el curso de una vida corta de 39 años, que es la edad a la que llegó Leopardi, es imposible una lectura tan descomunal.

Si no haces otra cosa que leer, tu puedes llegar a leer tres libros por semana –decía Cruzio-  y esto te dará un total de 162 libros al año. Si esta cantidad de libros la multiplicas por 39 años, que son los que vivió este gran poeta y suponiendo que empezara a leer cuando llevaba pañales, resultará un total de lecturas de 6.318 libros. Así pues, resulta imposible que se leyera toda aquella biblioteca, tal como aseguran sus exegetas.

Además de leer, Leopardi aún tenía tiempo para contemplar, desde la ventana de su habitación, a su amor platónico. Aquella jovencita que tenía un semblante de habichuela que vivía en la casa de enfrente, y que el joven Giacomo suspiraba por ella.

Admiro profundamente la poesía de Leopardi y debo admitir que, si el joven poeta era capaz de pasear por il giardino dell'infinito, de escribir tanto, de leer tanto, de enterarse de todo y además reaccionar poéticamente ante tal universo, nos encontramos con una auténtica fiera corrupia, intelectualmente hablando.
 
La velocidad de pensamiento y de percepción de Leopardi me hace recapacitar sobre la fugacidad de los instantes de placer.

Aquella percepción reposada de principios del siglo XIX contrasta con la velocidad de hoy, donde todo es efímero y cortísimo. Todo circula a la velocidad de zapping, sucediéndose todo sin detenerse, sin gozar de un momento de disfrute creativo. Ni siquiera voluptuosidad imaginativa.

Practicar, acelerar y urgir, esto explica la publicación de tanto relato corto, microrrelato o tanto haikú, que se leen en nada. La belleza de la concreción, tan ponderada por Gracián, ha derivado en rapidez superficial y en banalidad, melindre y ñoñez.