martes, 5 de febrero de 2013

Nunca murió Isolda

 
Casa familiar de Grimshaw. John Atkinson Grimshaw

Nunca murió Isolda. Desapareció. Su imagen se diluyó en la espesura de la niebla. Poco a poco, desvaneciéndose sobre un sendero húmedo.

Tras la ventana, Tristán, contempló la niebla celeste que envolvía a Isolda. Un muro grueso y pesado le aisló del último adiós y del atardecer.

En el exterior quedó la redención por amor. Dentro, donde la espesura del aire confunde la razón, quedó Tristán, con el cáliz en la mano y la mirada perdida en el vano de luz oscura, mientras el azul de la mañana que contenía trazas de neblina apagó los suspiros de Isolda.

Inundada de claridad la copa, cabizbajo Tristán, con su mirada triste escrutó de nuevo el infinito a través del hueco celeste de la ventana sin que apareciera la faz redentora del más allá. Ni amor ni belleza, solo la señal de la niebla cebada por el frío.

El héroe, sin embargo, permaneció ajeno, en su alma y en su rostro solo se dibujó el embeleso por la desaparición de Isolda.

El héroe es ahora una sombra no redimida que sostiene la copa eternamente vacía de los hombres.

4 comentarios:

  1. La pintura me parece deliciosa. Salut

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    1. Miquel, este pintor, John Atkinson Grimshaw, es muy interesante, su obra está en torno de los prerrafaelitas, sin embargo, yo creo que no participa de esa estética.
      Salud

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  2. Excelente!Perfecta conjugación de pintura y prosa.Me ha gustado mucho.

    Un Abrazo.

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    1. Muchas gracias Raelynn, celebro que te haya gustado.
      Este texto lo hice para acompañar una pintura de mi amigo Antonio Beneyto, el pintor "postista", aquí la he querido traer cambiando la imagen por esta otra de Grimshaw cuya estética nos introduce en el mundo de las nieblas por donde desapareció Isolda.
      Salud

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