A nadie, o a casi a nadie, le amarga un dulce, pero puede
empalagarnos, muchas veces el dulzor puede amargarnos la existencia.
Lo azucarado, lo melifluo, lo acaramelado se pega en el
paladar y en la garganta. Tragamos dulces que se enganchan en el
conducto digestivo y lo peor, es que a veces no se trata solo de pastelillos,
encontramos golosinas en el medio ambiente y en los medios de comunicación que
solo sirven para confundir nuestra percepción.
Es dulzón el lenguaje políticamente correcto, los
eufemismos y los amaneramientos. Estas son formas azucaradas de enajenación.
Hay discursos blandengues y dulzones como un chuche que
esconden una mala leche agria y espantosa, me refiero principalmente a aquellos
que apelan a los sentimientos.
Hay canciones empalagosas que parecen bonitas y solo
sirven para atontar, ahí está cualquiera de John Rutter, por ejemplo, For the
beauty of the Earth, esta cancioncilla tan "bonita, bonitísima" que nos dice que la tierra es bella
sin tener en cuenta terremotos o inundaciones y sin considerar que los que
pueblan este globo terráqueo son unos pendencieros.
Hay una poesía acaramelada y preciosista que sirve para
provocar la lágrima fácil y hay unos modales deleitosos y blandos que son un
dechado de hipocresía.
Además de empalagarnos, el dulce puede llegar a provocar
un daño bastante serio. En efecto, cuando el paso del tiempo ha intervenido con
malas artes sobre nuestro cuerpo y, de forma despiadada, ha hecho que se incrementen
los niveles de glucosa de nuestro organismo, entonces el efecto del caramelillo
es nefasto y solo basta que un energúmeno nos proporcione alguna dosis
azucarada de engaño o manipulación para desequilibrar nuestro metabolismo o
nuestra salud mental.
Así que cuidado con los turrones, neules y polvorones.
Nota: la flor tan bonita que se ve en la imagen es un cardo borriquero.