miércoles, 24 de abril de 2019

El horno del alfarero

En el torno del alfarero se han moldeado vasijas que luego han sido cocidas en el mismo horno donde se cocían las máscaras para la tragedia. El fuego dio rigidez y dureza al barro.

No hay metafísica en las vasijas, pero podría existir una trascendencia pastosa y potencial en el barro.

La máscara esconde una voluntad de trascendencia. La máscara es enrarecimiento, es la subversión del ademán y el límite del gesto.

El fuego, el barro y la sociedad condicionan la sonrisa de la máscara. El fuego reparte los papeles de la tragedia.

El fuego nos dice que toda cuestión social es materia teatral: un barro a hornear.

lunes, 22 de abril de 2019

Epodo


Litografía. Rafael Bartolozzi (1943-2009)



Un epode contra porucs

La por m’ha clos la boca, ja no canto
cap cançó,
ni escriuré cap oda a la vida plàcida
perquè un pes
arravatat de granit m’ha afeblit
les paraules.

Només podré entonar amb veu molt prima
un epode
contra porucs, els meus companys de dubte
i basarda.

del meu llibre  
Odis, venjances i altres traçats geomètrics


 Traducción al español

Un epodo contra miedosos

El miedo cerró mi boca, ya no canto
las canciones,
ni escribiré odas a la vida plácida
porque un peso
arrebatado de granito ha atenuado
mis palabras.

Sólo podré modular con voz muy queda
un epodo
contra miedosos, compañeros de dudas
y temores.

de mi libro Odis, venjances i altres traçats geomètrics.
Odios, venganzas y otros trazados geométricos

miércoles, 17 de abril de 2019

Lo atildado, lo fútil y otras grandezas literarias



La literatura escrita solamente para ser leída suele ser afectada y casi siempre vacía. Cuando lo único que le interesa al autor es el espectáculo literario, más o menos mediático, o cuando persigue el oropel, suele, el escritor, perderse en un laberinto de trivialidades o soserías.

Soy de la opinión que la mejor literatura se produce cuando surge de la necesidad de expresar una idea o una reflexión; ya sea en forma de historia ficticia, ya sea una emoción o una descripción pura. Indefectiblemente la escritura debe ir acompañada  de una voluntad estética, es decir: algo que decir y muy bien dicho: En esto consiste la literatura.

No me valen los artificios rebuscados ni las historias truculentas que se han cocinado en los fogones de lo estrambótico sólo con el fin de buscar la originalidad. Cuando esto ocurre, creo que se llega a un resultado aparatoso y frívolo.

Observo que entre lo que se publica predomina lo atildado. Se sobrevaloran las minucias. Veo una gran cantidad de textos adocenados que llena los aparadores de las librerías. La calidad conceptual o estética brilla por su ausencia, y la crítica calla y vuelve a callar.

El silencio de la crítica es elocuente y si algún ruido rompe este silencio, es para señalar el compás agresivo de lo comercial o la insignificancia literaria de la obra de unos autores de campanillas, que más les valdría salir a dar una vueltecita por la calle y comprobarían que, en menos de doscientos metros, viven o pasean siete o diez personas que tienen mucho  que decir y que lo dicen mejor que ellos, y si no quieren caminar tanto, podrían leer a cualquier clásico, ya fuera Séneca o Marco Aurelio que les recordarían lo fútil que es su vanidad.

martes, 16 de abril de 2019

París


 una
pena en el corazón de Europa

 

sábado, 13 de abril de 2019

No me fío de Rousseau



Creo que Rousseau es una buena lectura para adolescentes que luego imperiosamente deberán ejercitarse en las ciencias o en el arte de la esgrima.

J.J. Rousseau asegura que el ser humano lleva la bondad en la masa de su sangre. Dice que nacemos siendo buenos y que luego, la civilización nos hace malos. Somos salvajes al nacer, aún no conocemos la educación. El buen salvaje es, según Rousseau, el ser primitivo que aún no ha conocido el mal.

¡Ay, amigos, los conceptos de bondad y maldad, cuán cuestionados están!, ya desde antes del ingenuo Rousseau se cuestionaban. ¿No leyó, Rousseau, a los insignes Cicerón, Séneca o Maquiavelo?

El buen salvaje no existe, idiota. El buen salvaje, señor Rousseau, aquel que viene de fábrica con la bondad impregnada en su corazón, no existe. Yo, señor Rousseau, pienso más en los lobos.

Sea lobo o cándida paloma, el animal que llevamos dentro hay que domesticarlo para que podamos vivir juntos y de la domesticación se encarga la cultura. Cuanto mejor y mayor sea la cultura de un individuo, menor será su grado de salvajismo. El conocimiento y las leyes son los instrumentos que sirven para la doma. Moderan, educan, pulen y hacen, en definitiva, que podamos vivir en paz.

Los niños, antes de que conozcan la “civilización” ya se pelean por la pelota. En su espíritu están el acomodo y la voluntad de poseer y si no consiguen lo que quieren, gritan y patalean. La antropología nos ha mostrado cómo la violencia forma parte de distintas formas de estructuras sociales y en algunos pueblos la violencia está en la base de las relaciones familiares.

La existencia de una bondad o espiritualidad originarias es una entelequia cuyo convencimiento sirve para justificar no sé qué. No creo en las sustancias espirituales primigenias y viendo las tropelías que comenten los buenos salvajes, sólo aspiro a tener la espiritualidad de un zapato, con esto me conformo.

Me resulta casi imposible suponer bondades innatas, no creo en lo que no veo, en lo que lo que está en el interior, a no ser que aparezca un Buonarroti y haga emerger la belleza del bloque de mármol, pero de Michelangelo nace uno cada mil años.

No espero nada del hombre y creo que si profundizáramos en su interior nos encontraríamos con las mismas miserias de siempre. Me preocupa la preservación de la belleza que el ser humano es capaz de crear gracias a su conocimiento adquirido, mientras tanto continuo con este empirismo que me descubre cómo es la naturaleza, aunque tampoco me fio de ella porque es inclemente como un dios antiguo.

Rousseau era un iluso humanista que cuando quería robar, robaba, y así lo manifiesta en su Contrato Social, pues, según él, el hombre es bueno por naturaleza.