Pedro Berruguete.
Salomón (1500)
Pietro
Spagnuolo pittore se hizo renacentista en Urbino.
Estoy convencido de que si Pedro Berruguete (1450-1503) hubiese permanecido en
España, su obra hubiera sido un exponente inteligentísimo del gótico tardío -en
España el arte casi siempre es tardío-, pero Pedro Berruguete superó el flamígero
y la intolerancia isabelina marchando más allá de los Alpes.
Su viaje a Italia fue una iniciación a la
razón, al orden y a la medida. El Quattrocento
de la Toscana le facilitó las claves y aprendió las maneras renacentistas.
Pedro Berruguete acudió a la llamada del
señor de Urbino, Federico di Montefeltro. Este condotiero, capitán valeroso, asumió
el poder tras el mal gobierno y la muerte de su mediohermano Oddantonio. El duque
Federico di Montefeltro quiso hacer de Urbino la nueva Atenas y para ello
reclamó la intervención de grandes artistas –los príncipes ilustrados siempre
llaman a los artistas. Con Berruguete acudieron, entre otros, Francesco di
Giorgio Martini, Melozzo da Forli y el arquitecto Luciano Laurana. Todos bajo el
universalismo realista de Piero della Francesca construyeron uno de los cimientos
más firmes del humanismo.
Aunque Berruguete regresara a la
inquisitorial Castilla, fue para siempre Pietro Spagnuolo pittore.
Pedro Berruguete. Platón
En la experiencia de Berruguete,
encontramos unos precedentes artísticos y creativos que se dan a lo largo de la
historia:
---el viaje a Italia,
---la asistencia de los artistas a los
gobiernos ilustrados,
---la represión que la intolerancia ejerce sobre la creación
artística
---el universalismo.
Hizo el viaje a Italia, como hicieron
posteriormente los románticos tudescos que iban en busca de la luz mediterránea
y de la razón áurea,
Goethe y Mendelssohn primero y el realista Stendhal después. Algunas mentes incultas y con afán de protagonismo acuñaron, sin embargo, el tópico de la Italia frívola y bullanguera.
Encontramos también la llamada de los
artistas a la corte de los gobiernos ilustrados. Sucedió también en la España
de la Ilustración. Todo príncipe ilustrado tiene el convencimiento de que, para
asistir a su gobierno, necesita la creatividad del artista y sabe que los
pueblos sólo pueden acceder al progreso gracias al arte y a la razón.
Hallamos en la huida de Berruguete un
escape de lo tardío, -digo tardío por no decir casposo.
Bajo la presión inquisitorial toda creación artística es doliente, amarga y trágica como la imaginería de los pasos de la Semana Santa. El pensamiento único, la intolerancia, el fundamentalismo son los enemigos más feroces del arte, no persiguen más que romper la cara de las estatuas, eliminar las imágenes. Van contra la inteligencia, atan de pies y manos de los artistas y solo entienden de muerte.
Bajo la presión inquisitorial toda creación artística es doliente, amarga y trágica como la imaginería de los pasos de la Semana Santa. El pensamiento único, la intolerancia, el fundamentalismo son los enemigos más feroces del arte, no persiguen más que romper la cara de las estatuas, eliminar las imágenes. Van contra la inteligencia, atan de pies y manos de los artistas y solo entienden de muerte.
Bajo
la maestría de Piero della Francesca, con la estancia de Berruguete en Urbino y
con la concentración de genios en aquella pequeña localidad de la Toscana nos
encontramos con una irradiación extraordinaria que se expande por todo el continente.
Ya sabemos que el Quattrocento no es solamente “urbinesco”, pero sobre las
premisas de Piero della Francesca se construyó un universalismo del que saldría
el hermético Antonello de Messina y el gran Giovanni Bellini.




