El maná caía del cielo. Era el alimento que la Divina Providencia regalaba a los que huían por el desierto.
Cuando el rocío se evaporaba aparecía el maná sobre las hojas frescas y, otra vez, volvía a aparecer con el crepúsculo.
Era el "pan de vida" que Dios ofrecía a su pueblo elegido, las mujeres y los hombres ilusionados que iban camino de la Tierra Prometida.
El maná era de color blanco como la pureza y a veces, ligeramente tostado, tenía el color de la mirra.
Eran unas obleas con miel y semillas de cilantro molidas y horneadas, aromatizadas con resina dulce de tamarisco.
¿A qué sabía el maná?
El maná siempre sabía a lo que más deseaba o gustaba a quien lo comía.
Si a uno le gustaban los pies de cerdo, pues el maná sabía a pies de cerdo y si a otro le gustaban los callos a la madrileña, pues sabía a callos, o sabía a torrijas si a uno le gustaban las torrijas.

Y uno que pensaba que el maná eran crispetas.
ResponderEliminarY uno que pensaba que el maná eran crispetas.
ResponderEliminarAmic Puigcarbó, el maná debe ser como una especie de crispetas húmedas, no en balde aparecía junto al rocío de la mañana.
EliminarAbrazos.
Curioso esto del maná. Hay quien lo espera en forma de subvención; conozco a varios. Todos esperan el maná, y ya no es sólido, sino líquido, pues se adapta a lo que a cada uno le interesa.
ResponderEliminarUn abrazo
Amic Miquel, el maná en forma de subvención ya no cae del cielo, ahora se recibe por transferencia bancaria abonado directamente en cuenta corriente.
EliminarAbrazos.
A la carta.
ResponderEliminarA ti te gustaría con sabor a rodaballo.
El maná para el pueblo judío era como el plancton para los peces. Solo había que abrir la boca.
Salud.
Sí Cayetano, un maná con sabor a rodaballo no está mal, me gusta, tampoco me desagradaría que el maná supiera a foie con alcachofas.
EliminarAbrazos,